Why

padrino1

Hace un tiempo, avisada de que uno no sólo echaba frases al periódico sino también en su casa y para su placer, o por cultivar su pequeña gloria, una amiga me dirigió un correo escueto y escasamente original: “¿Por qué escribes?”. Como todo lo que no es nuevo, la pregunta exigía una respuesta terrible. Yo supuse que no estaba en condiciones de darla, porque era joven y dichoso, y no contesté. Los porqués exigen un trabajo devastador que normalmente se afronta cuando los hijos se marchan de casa y se queda uno solito en el mundo, y cuando digo solito digo contigo. En la vida se aprende tarde, pero se aprende, que lo más importante para que a uno lo respeten es huir de la impostura, el fingimiento y las verdades mediadas. A mí eso se me ha ocurrido hacerlo escribiendo como se me podía haber ocurrido hacerlo fregando los platos. Cuando yo era pequeño mi madre me enseñó a bofetadas la lección fundamental: no se señala. Luego supe por mí mismo que no hay que tomarse nunca en serio ni hacerse el importante. Con esos pocos principios, manejándolos a veces como el chino que hace bailar los platos, me he ido haciendo yo un hombre de ambiciones discretas y adicciones sencillas. Tan ricamente, oye; a salvo de las tentaciones mundanas. Y sin embargo, querida mía, amiga de mi alma, yo pensé toda la vida que estaba escribiendo por dinero y resulta que lo hago por vanidad.