Sentir
Leo el último día del año que Feijóo propone un “equilibrio” entre castellano y gallego en la enseñanza. Es una declaración muy campanuda. De hecho, unas horas más allá podría leerla sin problemas, ya no digo sin trabarse, Belén Esteban desde la Puerta del Sol.
Acabo de leer en Factual un panfletillo de Manoliño Jabois que prueba que a este chico le faltan un par de hervores. El decreto del 50% en gallego “como mínimo”, sí, como mínimo, que felizmente vamos a derogar los gallegos, Feijoo, mediante, porque nos sale de la papeleta de voto, y que se había perpetrado contra la mitad de Galicia y en contra de la opinión del Consello Consultivo, es una mínima reparación de un estado de cosas gracias a la cual los decretistas normalizadores llevan su persecución hasta el insulto impune. Adjunto una carta que publiqué en Faro de Vigo, hace algún tiempo, poniendo en su lugar a un soplapollas que da Pena, el cual trata a la gente como yo, así, con todas las letras, de enfermos. Manoliño no llega no llega a tanto, se contenta con llamarnos involucionistas democráticos:
El Sr. Pena confunde derechos con privilegios
Es un principio de buena lógica comparar solamente lo comparable, esto es, lo que llanamente se dice “no confundir la velocidad con el tocino”. Por tanto, torturar la razón enlazando la prohibición de la “ablación de clítore” con la cuasi prohibición de la enseñanza en español o, simétricamente, la obligatoriedad del gallego, presume muy poco a favor del rigor intelectual de quien perpetra semejante dislate. Toda vez que la, así llamada, ablación del clítoris está específicamente prohibida y penada en todos los sistemas jurídicos de nuestro entorno cultural al tiempo que se reconoce e incluso alienta el derecho a la escolarización dominante en la lengua materna cuando esta es oficial aunque no sea la única. Pero es asimismo un dislate no distinguir entre privilegios y derechos.
Los derechos básicos preceden a los gobiernos fuera cual fuese su signo. Durante el franquismo, los galegofalantes tenían el derecho, aunque no pudiesen ejercitarlo, a ser escolarizados en su lengua materna. No obstante, también lo tenían los hispanohablantes en la suya ¿o no? aunque sí podían ejercerlo. Sin embargo, a algunos galegofalantes no les llega con la restitución del ejercicio de derecho tan elemental sino que exigen además su sectaria confiscación, sí, a los hispanohablantes como si de un rancio privilegio franquista se tratase. Ahora bien, mire por donde se mire, son ellos los que gozan abusivamente de privilegios como el que sobrevalora el gallego en las oposiciones respecto a méritos más pertinentes para la función o puesto de trabajo, o las masivas subvenciones al entorno cultural galleguista. A estos privilegios le llaman discriminación positiva. ¡Y tan positiva, cómo que muchos viven de ella maravillosamente!
Pero cabe preguntarse ¿hay a estas alturas del curso alguien capaz de confundir aún ambas cosas, velocidad y tocino, sin adarme de sonrojo? Pues sí, sin ir más lejos, el señor Pena en su artículo “En chino mandarín II “(Faro de Vigo, 27/9/2008) Por otra parte, nadie exige al señor Pena ser compactamente demócrata, ni que prescinda de la prosa soporífera ni renuncie a la falsilla de las proclamas altisonantes y hogareños infantilismos del nacionalismo, pero cuantos compramos este diario tenemos derecho a no ser insultados, digo yo. Empero no otra cosa hace el susodicho articulista (cf. En chino mandarín I, Faro de Vigo, 13/9/2008) al separar a sus lectores en “boas xentes”, las que aplauden sus gracias, y los enfermos aquejados de “patoloxía sicótica” a los que aconseja “vaian acudindo canto antes a un bo psiquiatra”. Y a esto, tanto aquí como donde hablan chino mandarín, se le llama “guerracivilismo”.
Juan José R. Calaza