Performance

Hace años un pene se desplazó sobre ruedas por las calles de Pontevedra. La impresión fue honda, porque Pontevedra es una ciudad llena de funcionarios paseando alrededor de la Peregrina, pero hasta entonces ninguno había llegado al extremo, por muy funcionario que fuese, de mandar al pito de paseo y quedarse en casa viendo el fútbol. Luego se supo que la cosa era una performance. Esto pasa mucho aquí. Una tarde se anunció un concierto sorpresa para la mañana siguiente de Manu Chao en Bellas Artes. Se reunieron en la facultad cientos de personas, muchas de ellas procedentes de otras ciudades, a las que se les dio las gracias por haber participado en una performance. Minutos después se declaró un incendio en la cafetería y la gente ya no sabía si escapar o ponerse a aplaudir. El caso es que gracias a Bellas Artes todo lo extraordinario que pasa en Pontevedra se achaca a una performance. Un día va a arder la ciudad y se van a llenar los balcones de viejas mirando. Nadie se sorprende de nada. Hasta los crímenes se miran un poco con ganas de meter la mano en la sangre, no sea tomate o algo aún mejor: un sobresaliente. Todo esto le da al pontevedrés una apariencia muy cool, de señor avisado, como si por su ciudad pasaran todos los días cosas que harían palidecer Nueva York. A nadie cogió por sorpresa, por ejemplo, que años después el autor del pene motorizado ganase el Goya a los mejores efectos especiales por El laberinto del fauno.
Igual es que los pontevedreses son de una pasta especial. Pasta sin agua, o algo asi.