Belén Esteban

Yo la prensa del corazón la leo no al extremo de comprarla, pero sí al de ir un par de veces al mes a la peluquería a que me miren las puntas. Hace poco dije y lo mantengo que las memorias que sacó la baronesa Thyssen en Hola son la cosa más destroyer que se publicó en la literatura española del último medio siglo. Eso fue Baroja pasado por la termomix de los dry martini que bebió en vida el santón de Heinrich. Pero ni la baronesa, que acaba de decir que su hijo está abducido por «una secta» (nunca unas tetas de goma tuvieron tal categoría: ¿se las habrá comprado a la nuera en Waco?), tiene algo que hacer cuando Belén Esteban entra en un quirófano, no digo ya si sale. Esta semana estrenó cara nueva y desmintió, de paso, que la vieja se la fuesen a poner a Berlusconi. También dijo que bajó a la operación con una foto de su padre, o sea que eso pudo ser la hostia. En Lecturas declaró: «La operación me ha cambiado la vida, ahora voy a intentar tener otro hijo». Probablemente es la mejor frase de la historia de España. Yo por si acaso me he detenido en su boca, y esos labios que los supongo, porque llevo todo el día sin comer, inyectados en carne de buey, y hasta por un segundo he pensado que quizás la Esteban a sus hijos los saca por ahí: de la misma manera que Saturno los traga; ella los pare.