Macedonio

Uno de los más extraños personajes que dio Argentina a finales del XIX y principios del XX fue el escritor Macedonio Fernández. Borges reunió su obra y desmenuzó en un prólogo lo insólito de ese carácter tan original suyo: «La erudición le parecía una cosa vana, un modo aparatoso de no pensar (…) Cometía el error generoso de atribuir su inteligencia a todos los hombres. En primer término la atribuía a los argentinos (…) Esa superstición lo movió a opinar que Unamuno, y los otros españoles, se habían puesto a pensar, y muchas veces a pensar bien, porque sabían que serían leídos en Buenos Aires».
Macedonio Fernández también era famoso por ir a parar a cuartos muy modestos sin apenas ventanas, y en los que se sentaba en una cama a pasar las horas en la oscuridad. Jorge B. Rivera, en un amplio artículo para el diario uruguayo El País Cultural, cuenta que en una de las pensiones en las que vivía había una salita en penumbra que nadie abría. Todas las tardes, Macedonio se las arreglaba para entrar allí y permanecer quieto durante un largo rato. La dueña de la pensión, vencida por el misterio de aquella conducta tan extraña, entró una vez en sigilo en la oscuridad del cuarto para averiguar qué hacía allí Macedonio. Alertado por su presencia, el escritor dijo:
-Trampa para rubias.
Arrastró fama de ser más interesante que su obra, lo cual también es un camino espléndido para llegar a la memoria de los hombres que no compartimos su tiempo. Rivera describe cómo jugó ‘macedoniamente’ a «trocar por la austeridad, el aislamiento y el desdén de lo mundano, su acceso a los escalafones, los premios, los homenajes y las cátedras que otros cortejaban a veces con obscenidad». Sus libros han sido descritos de tan originales casi infranqueables, y en ellos persevera en una mirada personal y humorística.
En la biografía que escribió María Esther Vázquez sobre Borges, ésta relata que el argentino sustituyó a Cansinos-Asséns por Macedonio en sus tertulias de los sábados («Cansinos era la suma del tiempo y Macedonio, la joven eternidad»). Siempre dijo Borges que con Macedonio había aprendido a leer con escepticismo. Para su amigo, escribir y publicar eran cosas subalternas. Relata que era un hombre friolento que en los días más crudos encendía tres cerillas y las mantenía al mismo tiempo en forma de abanico cerca de la barriga, y que a eso lo llamaba «halago térmico». El gran Macedonio murió en 1952. Borges dijo: «En Buenos Aires, hacia mil novecientos veintitantos, un hombre repensó y descubrió ciertas cosas eternas».
Gran macedonio, un tipo peculiar donde los haya. Un auténtico bohemio, al parecer. Esa novela que referencias, Museo de la novela de la eterna. La estuvo anunciando durante mucho tiempo antes de ponerse a escribirla. Tenía toda una teoría sobre dar publicidad al trabajo aun no creado. La novela va precedida de infinitos prólogos que funcionaban a modo de reclamos publicitarios de la novela aún no escrita.
En la novela Adan Buenos Aires de Leopoldo Marechal aparecen unos personajes entre los cuales podría estar retratado Macedonio y otro grande de aquellos tiempos Xul Solar, otro hombre muy inquieto que había inventado su propio idioma.