Irse a Madrid

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Una de las cosas más curiosas que siempre se le dice a la gente que escribe es que se vaya a Madrid. Funciona un poco a rachas. Cuando en Madrid alguien nota que hay gente que está dejando de escribir, por pereza, porque ve que la cosa no va a ninguna parte o porque se ha echado directamente al vicio de las putas, se llama siempre a unos hombres muy concretos en las provincias para que muevan a sus candidatos.

Uno de ellos debe de ser un familiar mío que siempre que me ve me dice que lo que tengo que hacer es irme a Madrid. El otro día ocurrió algo tremendo, porque me presentó a un amigo suyo anunciándole que yo escribía artículos en la prensa. Y el hombre, mientras me apretaba la mano con mucha fuerza, dijo al aire:

-Pues lo que tiene que hacer este chico es irse a Madrid.

-¡Eso es lo que le digo yo siempre! -saltó mi familiar.

A veces pienso que en Madrid no deben de tener otra cosa que hacer que esperarme a mí. Pero luego compruebo que no es tanto cosa mía, sino del pueblo en general, que piensa que escribir es una actividad propia de Madrid. Si yo me presentase a la gente como médico nadie me mandaría a ninguna parte, sino que me preguntarían qué cosas opero y a qué horas paso consulta. Las mujeres se me acercarían más, porque un hombre que trabaja en bata siempre llama mucho la atención y yo toda la vida he escrito en casa en calzoncillos, y si el artículo promete, a mitad de camino me los voy cambiando por unas bragas para cerrarlo a lo grande. Esas cosas extravagantes de los escritores a las mujeres no le gustan, por lo menos si se hacen en Pontevedra, porque en Madrid debe de ser un rasgo de maldito.

Madrid es una ciudad enorme en la que nunca he pasado dos noches seguidas. Yo ahí echo muy bien el freno, porque mi interlocutor me mira de arriba abajo con ganas de preguntarme por qué escribo. A veces creo que lo que quiere hacer alguna gente es llevarme a Madrid como a una cena de los idiotas, para presentar un ejemplar de paleto perfecto, bien cebado, sin mancha. Además, siempre cuento que las únicas veces que pisé Madrid fue para cubrir manifestaciones, así que supongo que esperan que me baje del autobús a gritos contra Fraga, y ésas no son maneras de entrar en Madrid.

Baroja, más discreto, decía que para ser escritor había que llegar al Gijón y ponerse a la cola, pero Baroja no tenía adsl. Yo un día en el blog puedo llegar a recibir tantas visitas de Madrid que pienso que si me presento allí sin avisar se arma la marimorena. Igual es sólo una ilusión, pero el efecto es agotador y suelo recogerme en un bar de mi ciudad a tomar un chupito de provincias.

-Jabois, o que tes que facer é marchar para Madrid -dice el camarero.

-Pero se alí hai unha cámara de televisión por cada taxi.

Estas cosas ahora, con el invierno, se recrudecen, y hay colegas aquí a los que les está pasando lo mismo. Ciertos personajes, todos ellos muy cercanos, les empujan a irse a Madrid a hacer columnas, novelas y obras teatrales. El otro día leí que dos diarios madrileños habían dejado sin opinión a Enric González y Rafael Reig, así que supuse que Madrid se estaba quedando sin opinadores, y una ciudad así ya me dirán cómo funciona:

-¡Váyanse ustedes a opinar allí, que hay vacantes! -te sueltan por la calle.

Pero yo cada vez opino menos y peor, y si mi opinión no interesa ni siquiera en mi casa no entiendo yo por qué va a interesar en Madrid, un sitio al que Camba ya dijo que los gallegos sólo van para ser ministros, porque “en Galicia se admite el que uno sea original, pero no hasta el punto de irse a Madrid para no volver de ministro”, mientras que en Buenos Aires puede ponerse un gallego tranquilamente de criado o de cochero.