El cuarto poder

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El 13 de diciembre de 2008 un periodista se levantó de su asiento en Bagdad y le tiró sus dos zapatos al presidente de Estados Unidos. El hecho se celebró en todo el mundo de manera muy conmovedora. El presidente había convocado una guerra con la misma ligereza que un orden del día y se iba a ir de rositas. Pero Bush tuvo los reflejos del diablo y a su repentina fama de víctima se le unió la del vaquero más rápido del Oeste: estábamos aviados.

Lo que hizo el periodista iraquí fue arrogarse la voluntad del pueblo, que es una tentación dulcísima. Lo hizo en el nombre del periodismo y no faltaron periodistas que lo aplaudieron hasta con sus propios zapatos. Así que a él se le había permitido entrar como periodista y salió de allí esposado no como maleducado, sino como tonto.

La alegría ya digo que fue excesiva y generalizada. También lo fue en Galicia, donde meses después no fue tan divertido un periodista que no se sacó los zapatos (aquí ese acto tan romántico está reservado a Xosé Manuel Beiras) pero sí se bajó las medias como se las bajaba Gordillo cuando quería profundizar en la banda. Carlos Luis Rodríguez, de la TVG, dio con Carlos Callón, de la Mesa pola Normalización Lingüística, la medida del límite de agresividad exigida en un tete a tete, quitando aquí y allá algunos aspavientos. La entrevista enfureció a mucha gente y a mí personalmente me dejó un poco frío, casi lastimero, porque nunca había visto a Carlos Luis Rodríguez comportarse tan profesionalmente con nadie del PP.

Cuando Iñaki Gabilondo invitó a su programa a Mariano Rajoy en 2006, Rajoy ya sabía dónde se metía y Gabilondo lo sabía aún mejor que él, y pese a eso, por mendigar un aplauso, lo recibió con esta pregunta: «¿Quién dirige el PP? ¿Usted, Aznar o Federico Jiménez Losantos». No fue una pregunta, sino una falta de respeto, pero Rajoy ni se inmutó. Muchos años antes Gabilondo le preguntó a bocajarro a Felipe González: «¿Organizó usted los GAL?». Fue tanto el aprieto en el que se le puso a González que contestó que no.

El martes, en Cuatro, dos periodistas a los que llaman Los Manolos tuvieron con ellos a Florentino Pérez. Decidí ver el espectáculo ya de noche porque se había montado mucho jaleo y yo, como Rambo, he comido cosas que harían vomitar a una cabra. Luego, delante de la pantalla, comprendí que aquello no era más que un ejercicio de voluntarismo por parte de uno de los Manolos para ser entronizado como el periodista más independiente del país.  No le tiró los zapatos a la cara porque los debía de tener a presión. Al fin alguien ajeno al poder de FP, levantando incluso físicamente el dedo acusador sobre sus gafas, gesticulando a gritos mientras se reía en su cara y llegando el extremo, tan piadoso, de reservarse las últimas frases a su solapa, esa práctica tan terrorista. Aquí tenemos entonces a nuestro Ed Murrow, pensé escudriñándolo salvajemente desde la butaca. Cuánto queda, José Francisco. El cuarto poder. Y el último, de ponerse manos a la obra.

No le tiró el zapato porque se los amarraron antes.