Eco

En un matrimonio de ancianos hay un momento invisible en el que, en medio de la pelea y de ese odio inútil que crece entre las parejas por aburrimiento o por pereza, ella le quita a él un pelo de la chaqueta o le aparta una miga de pan al lado de la boca. En ese gesto mecánico, del que apenas ninguno tiene consciencia, la mujer le ha dicho al hombre todo lo que le ha estado diciendo en los últimos cincuenta años, y ambos han mantenido un diálogo secreto que se ha reproducido a través de los siglos sin que nadie pudiese descifrarlo, como uno de esos códigos usados confidencialmente en las guerras entre un nativo y su traductor. Para que la mujer haga ese movimiento sin saberlo, y el hombre no repare en él, han tenido hijos y los hijos un día salieron por la puerta de casa, han criado nietos que luego se despidieron de ellos al final del verano, han hecho y deshecho maletas, y un día sentaron la cabeza y aplacaron la ira, y al otro empezaron a gruñir juntos por la tos, el reuma y la gota. En ese final tremendo de quien mira atrás y no recuerda otro tiempo que el tiempo compartido, se elige siempre morir después como sacrificio penoso de quien prefiere pasar las tardes en soledad ante el televisor, meterse en cama sin despedirse y acomodar su respiración al eco hasta que de ellos dos, y de aquella su vida, quede la ceniza de la última estación y luego el recuerdo.
Ya es otoño en el blog de M.