“¡Tú de qué medio eres!”

camacho

Yo me desvirgué periodísticamente en 1998 en el Gran Hotel de A Toxa levantando la mano en una rueda de prensa de José Antonio Camacho. Pudo haber sido una semana antes con el presidente de una asociación de vecinos, pero el destino me puso delante de Camacho: hay carreras que nacen así, torcidas. Había pasado quince años de mi vida sin levantar la mano, y fue ver a Camacho enfocado por todas las televisiones de este país y saltar el invento por los aires. Cuando quise bajar el brazo, porque no tenía ni idea de lo que estaba haciendo ni mucho menos de lo que iba a decir, el jefe de prensa de la Federación Española de Fútbol, un tal Garrido, me señaló con el dedo y dijo: «Tú». Me puse tan nervioso que estuve a punto de salir al encerado.

Recuerdo a la ‘troupe’ de enviados especiales de los medios escudriñándome y a Camacho apuntándome con su mentón, como apremiando. Allí estaba su cara de requesón y su fiero españolismo de «por mis cojones». Era todo lo que yo podía pensar en aquellos segundos eternos, así que lo que hice fue preguntarle lo primero que me vino a la cabeza: «¿Cree usted, don Camacho, que Guardiola se siente lo suficientemente español para ser convocado con la selección?». Fue algo apoteósico. Nunca vi a Camacho flipar tanto. Lo estuvo flipando en silencio durante un minuto por lo menos. Luego, con el jefe de prensa al borde de las lágrimas, estalló a los gritos: «¡Tú de qué medio eres!».

Años después aprendí que cuando alguien te suelta eso lo que está haciendo es preguntarte «ti de quen ves sendo». Pero yo creo que lo que quiso hacer Camacho conmigo fue ganar tiempo. Para entonces ya estaban los periodistas cuerpo a tierra, y años después supe que uno de ellos era Tomás Roncero, que trabajaba en El Mundo, donde hizo un experimento brutal: ‘pedrojotizar’ su propio madridismo. El Frankenstein que resultó de aquello fue él mismo, algo que seguro no se lo esperó en la vida.

Camacho me riñó, como me temía. Dijo que Guardiola era un hacha que lo daba todo por la selección, que puta la manía de mezclarlo todo con lo fácil que era la vida y que patatín y que patatán. Tras la bronca,  Jesús Gallego, de la Ser, se acercó a interesarse por mí. Aquella noche El Larguero emitió las declaraciones de Camacho sobre la españolidad del mundo. Yo estaba en la cocina y mi padre me gritó desde la habitación: «Te está riñendo otra vez Camacho, ahora con De la Morena».

De aquel desvirgue mío yo recuerdo que sudaba abundantemente, porque no me gusta ser la atención de nada, y que Camacho, al acabar de responderme con cuatro refranes de la Legión, se fijó vagamente en mi camisa. Cuando lo vi cuatro años después en la semifinales del Mundial de Corea con los brazos extendidos y aquellos gigantescos cercos de sudor en los sobacos sentí un poco lo que Forrest Gump delante del televisor viendo a Elvis Presley fascinar al mundo con sus golpes de cintura.