Matar a Raúl

Todas las generaciones matan al dios que emergió de ellas: a nosotros nos tocó matar a Raúl. Es uno de esos trabajos sucios que alguien tiene que hacer, como salir de copas un lunes. Uno de esos trabajos, en definitiva, que en cualquier país desarrollado haría la prensa deportiva, pero que en España, donde no existe prensa deportiva, hemos tenido que hacerlo los madridistas de a pie, lo cual constituye una tragedia por sí mismo, pero una tragedia necesaria.
A Raúl lo calan hoy dos o tres periodistas muy localizados, sin capacidad de editorializar sobre el asunto y menos aún de asaltar una portada. No hacen nada del otro mundo, sino que se limitan a decir la verdad. Pasa que la verdad en universos fanáticos como el fútbol es una bomba de relojería. Otros, afectados ya no sé si por una ceguera psicosomática, se limitan a apuntar en sus crónicas que Raúl «estuvo en su papel, imprimiendo carácter». El carácter, la brega, la raza, el sacrificio y la lucha han sido históricamente las virtudes de un sachador de patatas. Esas virtudes fueron elevadas al fútbol por el Calcio y su catenaccio, y el periodismo deportivo español, o lo que ya iba quedando de él, se hartó de insultar el invento incluso cuando ganó titulos. Curiosamente, la ‘gattusización’ antiestética a la que Raúl se ha abandonado en sus últimas temporadas, recuperando un 90% menos de balones que Gattuso, son ahora un valor incuestionable del Madrid, y su trotar un derroche de inteligencia, y sus números el faro de otro siglo.
Con este paisaje la afición madridista (la verdadera: la de provincias que no va al Bernabéu a ponerlo todo perdido de pipas) ha tenido que ir despedazando, entre ayes, a Raúl, el delantero de las carreritas populares de fiestas de pueblo que mermadas sus facultades ha ido especializándose en algo insólito: los goles en el área pequeña a puerta vacía, donde presenta un porcentaje de escándalo, un 100% de efectividad. Los madridistas hemos empezado a matar a Raúl para salvar al Madrid visto que ni con 300 millones en el campo hay quien lo rescate del once. Lo empezamos a matar por él: para que sobreviva el brillo del espléndido delantero que fue, de su chitón histórico al Nou Camp y de las tres Champions que ganó. Y lo empezamos a matar porque esta generación necesita mancharse las manos con la sangre de sus ídolos para levantar con ella otros, y se nos están quedando ya muchos por el camino. ¿Qué hace Galicia que no sale a las calles a gritar Nunca Máis?
Como cuando se derriba la casa en la que uno vivió años felices, el trabajo es fatigoso y triste, pero hay que hacerlo incluso cicateando su grandeza como método de tortura. Se pregunta uno lo que con Butragueño: ¿cuándo se jodió el Perú? Me lo decía de otra manera un culé: ¿cuál fue el partido en el que Ronaldinho dejó de ser Ronaldinho?, ¿en qué jugada concreta no se fue de su rival? Yo tengo mi propia teoría supersticiosa con Raúl: su funesto peinado. Raúl cayó en una moda incomprensible: la de pelo largo cuidadamente descuidado. Las consecuencias fueron atronadoras: se enchepó, perdió no la punta de velocidad, sino la velocidad misma, y empezó a ser malo, pero malo con avaricia, y disculpen la expresión, pero hoy hablamos de fútbol. O de lo que fue, lejanamente, fútbol.






¡Esplendoroso! Le felicito por su prosa. Quizá algo de lo que aparece en mi página le interese, le invito a darle un vistazo.
Reciba un caluroso saludo.
Escrito el 2.10.09 a las 0:03