Los periódicos (y II)

Cuando me preguntan por mi cultura siempre me agito de manera inexplicable y muerdo las copas de cristal como las mordía Woody Allen en Boris Grushenko («¿nervioso yo?») hasta romperlas. Suelo responder un poco vagamente que a mí me marcaron los alcohólicos de la Generation Perdue, y que pronto leería algo de ellos. Luego me sonrojo un poco, tratando de violentar a mi interlocutor, porque si de algo me he querido alejar toda la vida es del tipo que sabe y tiene respuestas, y carga libros de un lado a otro encarnando la figura grotesca del literato que desciende un poco a la calle a escribir, conmiserativamente, un artículo en el periódico.
La respuesta a esa pregunta sobre la cultura es muy fácil, aunque nunca acierte en el momento de darla. Todo lo que yo debería decir es que tengo una gran cultura de periódicos. Con los que empecé a leer de crío me construí una manera feliz y escéptica, que en la inmadurez fue dramática, de verlo todo. También me quedó esa emoción trágica de querer decir las cosas antes que nadie, aunque se trate de la boda de un amigo, y la excitación de imaginarme por un momento el testigo de las torres que se derrumban, y encender el ordenador con los dedos temblando para contarle (contarle, no explicarle) al mundo entero lo que acaba de pasar hace dos horas en Nueva York.
Los periódicos me educaron a mí y fueron en cierta manera los que me enseñaron a escribir, siguiendo el rastro de los maestros vivos y muertos, pero sobre todo a leer y a distinguir en esa lectura el cansancio o la idea, y hasta en algunos el talento de quien sabe contenerlo y no exhibirlo gratuitamente sacrificando la noticia por la ovación. Mi lealtad por el oficio de los periódicos es vieja y tiene ese punto antiguo de respeto aristocrático por quienes me han enseñado a mí el camino, y a seguirlo además de un modo propio, siempre a la intemperie.
Yo he ido clasificando los acontecimientos de mi vida en las secciones de un periódico que abro a veces para tratar de reconocerme, como esos ciegos que recorren los álbumes pasando la yemita de los dedos buscando las emociones antiguas de lo vivido. Así que al igual que los diarios que ahora leo en internet cada mañana al levantarme, también tengo por ahí un periódico en el que no faltan los crucigramas y el horóscopo, y hasta los anuncios por palabras de quien en un tiempo buscó el amor y en otro un trabajo, y vendió y compró un coche; y de quien echó un día una carta al director, y se quedó echándolas diez años.






Ahora, hoy, sí se puede decir que es buenísima su columna:10/10, ahora que ya ha terminado la serie.
(Desconfíe de quienes, sólo habiendo leído la primera parte ya le están felicitando …)
Escrito el 29.10.09 a las 9:58