Los periódicos (I)

 

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Desde hace un tiempo los periódicos vienen dedicando sus páginas a una noticia extraordinaria: su propia autopsia. No es un esfuerzo en balde. Cualquier examen forense al detalle siempre deja al descubierto grandes verdades en forma de grandes males, que es lo que evita la extinción de la especie.

El editor del New York Times dijo hace poco que no sabía realmente si su periódico se imprimiría dentro de cinco años, y que «francamente», querida, le importaba un bledo. Así que el papel parece acabarse, pero el primer diario español abierto exclusivamente en internet dónde va que cerró sus puertas. Eso sí: en los minutos en los que usted está leyendo esto una ONG le convencerá de que están pasando cosas horribles en el mundo, pero no le dirá que hay más de una docena de mesas redondas pobladas por intelectuales (periodistas que han degenerado en intelectuales, o en algo aún peor: en tertulianos) en las que se habla del futuro del periodismo. Si no están allí hablando los reporteros no es porque a esas horas aún estén en la calle o delante del piano, sino porque no se les ha invitado. Así que imaginen un tanatorio de intelectuales velando no se sabe qué y expresando el llanto con palabras esdrújulas y citas de gente extrañísima, comúnmente muerta.

No hay que darle vueltas: el periodismo es uno de los oficios más sencillos que existen. Consiste en hacer un puñado de preguntas certeras, poner los adjetivos adecuados y saber dónde colocar las comas. Para ello ni siquiera se necesita una buena historia o una historia imperecedera, sino una historia cualquiera. Y ésa es algo que va a tener hasta el último hombre en la tierra, aunque ésa sería ya una historia demasiado bonita para ser verdad.

 

Así que el periodismo no muere. Ni solo ni acompañado.  Para los que tengamos una historia siempre habrá una hoguera en cualquier aldea. O las campanas de la iglesia con las que dar la exclusiva de un muerto.