Salirse de plano

Las primeras palabras de la última persona despedida en España dicen así: «Hoy me he visto desde fuera». Las escribió ayer en un texto en el que definió rápido y de manera muy limpia, como un crimen perfecto, su situación: «Habrá empleos y ciudades, pero tengo un puñal en el pecho y no paro de llorar».
En el último año en España se han destruido un millón y medio de trabajos. Ha crecido la demanda de pobres y la demanda en general de todo lo pobre, que es mucho. Un día de esta semana la Avenida Juan Carlos I de Pontevedra amaneció con las farolas forradas de folios en los que una madre de trillizos y un bebé pedía ayuda y daba un número de teléfono. Llamé no para saber qué había detrás de la noticia, sino qué había delante. Ningún drama a cinco columnas: una pareja en paro y una prole que mantener. Les ofrecí un reportaje y me pidieron ropa. Luego me dijeron que preferían no salir en el periódico. Supuse que la ayuda se restringía al barrio, y que tendrían gente por ahí fuera que no querían incomodar ni padecer. Pocas veces uno es culpable de su pobreza, y sin embargo cualquier pobreza es un fracaso. Como un despido. Como un divorcio, que los hay terribles, en este caso para el que le toca hacer de empresa.
Una persona sin empleo es una persona sin medio de vida, pero también una persona privada de manera muy sutil, para algunos privilegiados, de un cierto oficio aprendido desde la vocación severa y aristocrática. Si yo escribo por dinero es porque me pagan. Si no me pagasen no escribiría por dinero, sino por otra cosa: tendría que buscarme una excusa más pobre. Lo que uno espera al echar los párrafos al folio es ser leído por muchos y muchas veces, ya sea en la forma que sea, incluso en alguna tan obscena como la novela.
Hace meses escribí que no iban a llegar las farolas para todos: fui muy optimista. Me suponía una postal wagneriana por Benito Corbal con decenas de cuerpos balanceándose de un lado a otro colgados de los focos, pero esta tarde fui a mirar y esas farolas modernas que se están colocando en las calles no se prestan al despliegue. Y el Concello podó los árboles de la Praza da Castaña, en Cruz Roja, así que de ir ahí a buscar el consuelo final lo único que queda es entrar al Garden y llorarle a una jamaicana.
Lo que he hecho yo también es tratar de verlo un poco todo desde fuera. Quiero decir que me he salido de plano, como un director que se observa a sí mismo de actor y corrige su interpretación. Se descubre una cosa: la vida es algo muy pesado, como una toma interminable que no hay que tomarse muy en serio para no decepcionarse con el final. Todo lo que uno va amando lo va perdiendo. Un trabajo es como una mujer: esas complicidades que tú creías que sólo tenías con ella, las vas a tener con todas. Y la mejor siempre es la última.
Un cariño de Arcadi: http://blogs.elmundo.es/elmundo/2009/09/18/elmundopordentro/1253258451.html