El carácter es el destino

El día en que un pueblo catalán abría los telediarios del país que quería abandonar, un barómetro de la Generalitat anunció que el independentismo subió en Cataluña seis puntos desde 2005.
Era domingo y yo ese día los periódicos los leo siempre con mucha atención. Los salmones, por ejemplo, traían reportajes estupendos sobre el aniversario de la caída de Lehman Brothers. Claudi Pérez cerró así en el Negocios de El País su estupendo trabajo: «La intrahistoria de la caída de Lehman es también una feroz lucha de egos, un tratado de bajas pasiones; un folletín peliculero, en suma. En las infinitas entrevistas, en los reportajes y en los libros que describen los últimos días del banco, su presidente, Richard Fuld, aparece retratado como un tipo arrogante, estúpido, codicioso, temerario y con algunas lindezas más. ‘El carácter es el destino’, escribió John Cheever hace casi 30 años».
Sobre Cheever hay en la red un trabajo muy interesante de Camilo Jiménez, un editor colombiano que destaca que en el inicio de sus relatos el escritor focaliza la atención sobre un nombre propio que aparece ya en el primer párrafo, cuando no en la primera línea. Aquí se citó hace poco el consejo de Walter Burns a su reportero estrella: «Nadie lee el segundo párrafo», así que al menos Cheever quería dejar constancia de que tenía un personaje.
En una historia es bueno que haya acción, pero más importante es que haya al menos un personaje, y que el personaje salga siempre pronto para enfrentarse con el lector. En su artículo sobre Lehman, Claudi Pérez hace aparecer en el primer párrafo a Fuld escuchando el consejo de su abogado: «La Administración no te va a dejar caer. Sería como si el Gobierno mismo quebrara. Como si Roma vendiera el Vaticano a los japoneses para convertirlo en un hotel y contratara al Papa como botones».
A veces, sin embargo, una crónica hace esperar a la acción y a su personaje. Hace algo más de un año, emboscado en un despiece, aparecía en El País un párrafo escandaloso. Sucedió en el acto oficial de conmemoración del aniversario del 2 de mayo: «Pizarro fue también objeto de la comidilla general porque se lanzó como un poseso a buscar una moneda, según varios asistentes. Era de 10 céntimos y se le había caído a Miguel de la Quadra, que pronunció un pequeño discurso en nombre de quienes recibieron las medallas de la Comunidad de Madrid. Según los testigos, el ex presidente de Endesa, en lugar de devolverla, la guardó en su bolsillo».
Pensaba en todo esto cuando volví a las crónicas catalanas, donde hallé rapidísimo al personaje, en la segunda línea: Joan Laporta. He de decir que a mí Cataluña me queda lejísimos y que lo que suceda allí me trae bastante más sin cuidado que lo que ocurra en Oporto, que lo tengo a dos horas. Casi me interesa más que Ikea apueste por Portugal, no por España, y como Ikea Ryanair y por ahí todo seguido. Entiendo mejor el portugués que el catalán. Y por no ser no soy ni del Barça, sino todo lo contrario. También he mirado siempre con cierta sospecha la voluntad popular, porque el pueblo en general piensa muchas tonterías. Pero en esas crónicas había un personaje atractivo que tiraba de ellas (y tiraba de sí mismo, ya que los días del palco se acaban) y, cerca de él, un pueblo de 8.000 personas votando, un poco a la manera de Berlanga, si Cataluña tenía que independizarse o no.
Puse la televisión para verlo, claro: no todo va a ser follar. A un lado el personaje que tiraba de todo aquello, presidente del campeón de la Copa del Rey, entre infinitos títulos, metiéndose con Valdano, y a dos días de distancia los patrióticos fastos del pueblo, las banderas en la balconada, el aire a charanga, la Falange (la original y la aspirante), el ‘como alcalde vuestro que soy’…, y pensé que Cataluña, sin saber cómo, había organizado el fin de semana más español que se le recuerda, y joder, ya es lástima.


Maestro, te falta un enlace en el último párrafo. Toma:
http://www.youtube.com/watch?v=o0XlAeZTRyQ