Apocalipsis

La enseña nazi en la torre Eiffel y Hitler admirando los monumentos franceses como quien toma posesión de sus regalos; cientos de miles de parisinos saliendo en tortuosa procesión de su ciudad ante la llegada de los panzers alemanes en lo que se llamó, biblicamente, el éxodo; y los soldados coloniales franceses prisioneros, negros como el hambre, peleándose por una cabra viva y despiezándola a cuchillo para comerla allí mismo, tripas afuera, mientras la cámara nazi exhibe ese submundo creyéndolo ajeno a ella.
National Geographic estrenó el domingo la primera parte de Apocalipsis, la historia de la II Guerra Mundial narrada en directo por los actores principales. Por una cámara que circula desde la casa de campo alpina de Bavaria donde Hitler juega con los hijos de los jerarcas, todos rubios y espléndidos, y esas sonrisas que remiten a la desasosegante belleza de las hermanas Lisbon; por la cámara que rueda los bombardeos sobre Londres y el espanto de los ciudadanos que abandonan sus casas para dormir en el metro, otro submundo; por la cámara que graba a 400.000 soldados en las playas de Dunquerque esperando la puntilla nazi, que no llegó por tierra porque Goering convenció a Hitler para rematar la faena por aire, y el vuelo picado de los Stukas barriendo la costa con sus ametralladoras (‘el espíritu de Dunquerque’, llamaron los británicos a la vuelta por mar de sus soldados; y ante la euforia por lo que parecía una victoria habló Churchill: «Las guerras no se ganan con evacuaciones»).
Son 600 horas grabadas por cineastas de París y Londres, por los propios mandatarios nazis, por los soldados que se iban filmando uno a uno, desguazando sus primeros planos antes o después de la muerte, entre las vísceras saltadas y la desesperación, o bailando y riendo, como los jóvenes nazis al compás de una canción de Chevalier que apareció en un viejo gramófono francés dejado atrás por los aliados en su huida. Un material que había ido a parar a las manos de coleccionistas privados y documentalistas de todo el mundo, el largo metraje de la verdad en su férrea consistencia, sin los atajos emocionales de la ficción, sin el viciado patetismo de las reconstrucciones, con la naturaleza de un color recuperado (16 horas de trabajo por cada minuto) para distinguir la realidad acumulada sobre las alas de la Luftwaffe y la RAF, en las playas de Normandía, en Ardenas y Sedán, en los pasillos del Reichstag, en Stalingrado, en los gritos de Mussolini, en el adiestramiento de las viejas británicas para defender a su país, en Rommel supurando por el desierto, en la rendición radiada de la Francia de Petain y en los despachos de los generales que mandaron a la guerra a todos esos críos.
«El coloreado cambia radicalmente las escenas emblemáticas de la II Guerra Mundial: la bandera rusa que ondea en el Reichstag es roja, Hitler acaricia la piel sonrosada de los niños de las Juventudes Hitlerianas y las barras y estrellas relucen en el monte Suribachi. Las grandes paradas nazis resultan estremecedoras en color, como las llamas de Dresde, el feldgrau de los alemanes o la omnipresente sangre que anegó como una marea el mundo durante aquellos años de pesadilla», escribe Jacinto Antón en El País («cuando vuela un Spitfire suena un Spitfire») después de contar las imágenes de Eva Braun sexy con pantaloncitos apretados en Berchtesgaden o «del general Sikorski tragándose el sapo de que Stalin le diga que no tiene ni idea, pero vamos ni la más remota, de dónde están los oficiales polacos que en realidad ha hecho asesinar en Katyn».
Y en ese submundo, con los soldados dejando armas y cadáveres, aparece de pronto el logo coloreado de Martini en la pared desconchada de un pueblo francés.





