2036

El banco dejó días atrás en el buzón una carta. Son cosas que le van pasando a uno en la vida. La recogí ayer al volver de sacar al perro, y elegí el sillón que está junto a una ventana en la que entraba luz, como había visto tantas veces en las películas. La carta informaba de los cargos del mes de agosto y anunciaba la revisión a la baja de la hipoteca. La esperaba, así que no me alegré. Pero tenía tiempo y ausculté la notificación como si fuese un animalito, de arriba a abajo, con ojo científico y paciente. Al fin y al cabo, aunque no fuese una sorpresa, aquella noticia era importante, y uno debía fingir cierto interés. «¡Son las cosas de los dineros, Manolo!», pensaba para mis adentros tragando saliva. Y cuánto me había hablado mi padre del ahorro. Cuánto me habían inculcado a mí la importancia del dinero en la vida. Cuántas cenas, cuántas comidas entre amigos, desconocidos y amantes había soportado yo en los últimos veinte años sobre el dinero de los demás. Así que abajo, en un recuadro, se daba la fecha del final de la hipoteca: junio de 2036. Nunca nadie, no digamos un banco, se atrevió a tanto.
Pensé en mi vida, naturalmente. No eran más de las nueve de la mañana y las calles aún estaban mojadas. Se escuchaba el traqueteo del servicio de limpieza y los comerciantes levantaron a la vez, como en una coreografía de Michael Jackson, las verjas de sus negocios. Volví a mirar el papel. No me pesaba pagarle al banco hasta 2036. Ni siquiera hasta la muerte misma, si no se produjese antes. Hay que pagar día a día las cosas más básicas, desde el pan hasta el periódico. Lo que me venía a pesar a la espalda era el futuro y más allá. El banco me personificaba en 2036: el banco se había dirigido a mí, indirectamente, como a una persona de 58 años. El banco me suponía allí, así que no traté de imaginarme a mí, sino al banco. Y las calles y los comerciantes, y todos los entierros a los que tendría que ir. La carta traía todo eso -aunque muy sutilmente, como los bancos hacen las cosas, un poco por la espalda-, y podía traer más, pero yo ya no podía seguir. Después de todo, parte de mi vida estaba ya escrita no por las líneas de la mano ni un test genético, sino por una mensualidad.






O futuro… ese abismo… ese vértigo… O banco seguro que sigue en pé no 2036, a dúbida é si seguiremos nós en pé… Coma sempre, non che digo máis, marabilloso artigo.
Escrito el 2.09.09 a las 9:58