Susto

susto

El titular es de El País: «Un hombre de 43 años recibe la cara de una víctima de la carretera». Y un amigo añade en transparente metáfora: «Pois vaille quedar cara de susto». No será el único. A la gente se le va poniendo ahora cara de asombro, cuando no asombro histérico. Se nota mucho en los medios y en especial en mis columnas, que viajan en un estupor magnífico, pero eso también pasa porque uno es de pueblo y aún no está hecho al mundo. Hace tres semanas me llevaron a cenar con un millonario ácrata que me contó aquella consigna de la CNT en los cementerios públicos del Madrid del 36: «Levantaos, vagos; la tierra para quien la trabaja». Hay cosas que ni la muerte arregla. El Padre Feijoo cuenta que en 1759 se enterró vivo a un escribano en Pontevedra por un error médico. Hallaron movida la lápida semanas después, y al abrir la caja se lo encontraron en una posición diferente y con cara de susto, que es la que se le queda a uno en los más amargos despertares. Cuentan que hace muchos años, en una aldea gallega, se presentó una chiquilla en casa con un embarazo de tres semanas y, ante el silencio con el que se cubrió el salón después de dar la noticia, la abuela, que había perdido el habla hacía veinte años y pocos la suponían viva, dijo de pronto sin separar la mirada de la alfombra: «Comiches a aseituna, agora caghas o ghueso».