Tête de la course

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En Les Arcs tembló el gigante sobre su bicicleta y abrieron los telediarios del mundo entero con la imagen de Indurain levantando la mano y pidiendo “¡sales, sales!” mientras se descolgaba de la cabeza: al campeón le estaba llegando su hora y la Historia lo contemplaba. Fue en 1996, siete años después de su primera victoria en Cauterets y cuatro de que fundara el ciclismo moderno en la contrarreloj de Luxemburgo. Ese verano pasaron más cosas en mi vida: cumplí 18 y dejé definitivamente atrás mi infancia alargada en las rampas de Huatacam, cuando Riijs despedazó a Indurain. Ya no tenía en casa las chapas forradas con las caras de Peio Ruiz Cabestany, Laudelino Cubino o Federico Echave con las que subía todos los veranos la cuesta de la casa de mis abuelos, un puerto de categoría especial. Pero aún guardo en algún lugar las cuartillas con las clasificaciones de las etapas y de la general, y en alguna cinta TDK la agónica retransmisión que hacía de aquellos Tours míos con los que fui pasando los años. Aún ahora, en estas tardes perezosas de julio, me parece escuchar la voz de Javier Ares en el coche de mi padre o veo de repente a mi abuelo sentado junto a mí en la casa de Sanxenxo, y como en un milagro aún puedo observar en silencio a aquel chico de quince años frente al televisor esperando a que la cámara enfoque la tête de la course y aparezca Indurain de amarillo capitaneando el pelotón, sin levantarse jamás del sillín.