Mariel

mariel

Recibí hace ya varias semanas el encargo de publicitar mi ideal de belleza: mis cinco ideales, más bien. No he pensado mucho en ello. He desconfiado siempre de los patrones de nada, y he amado como nadie la vulgaridad insípida de las bellezas marchitas que languidecen en las colas de los supermercados, absortas en aquello que el futuro les prometió: me descubro a veces como el íntimo poeta de su decadencia, dulce testigo de su implacable estertor y de sus oropeles perdidos en algún momento de la gran fiesta. Por lo demás, me entusiasman ciertos rostros de geometría exacta, normalmente de labios circulares y carnosos, de mejillas anchas y cejas largas y oscuras. Los encuentro normalmente en muchachas de diecinueve años, y cuando doy con alguno se desata una pequeña euforia en mi interior que lamento no compartir con nadie, recogiéndome entre el dolor y la nostalgia. Sé que tras los años impulsivos muchas de ellas darán gracias a Dios por su primer trabajo y tratarán de prolongar la belleza de su juventud sin excesivos traumas, mirando aquí y allá, asumiendo con resignación la suave caída de los años y la lenta separación de algunas amistades, con las que se aleja el tiempo que ellas recordarán años después como el más feliz y el más incierto. Manhattan acoge uno de esos ejemplares violentados por el amor y a los que la vida ni siquiera les da la oportunidad, en su ingenuidad, de ser cínicas y despiadadas: esa romántica desdicha teñida de egoísmo. Si tuve algún ideal, probablemente haya sido la adolescente que interpreta Mariel Hemingway. También su rostro había de ser tiernamente descuidado por los años, y en su sangre viajan los ténebres fastos a los que dedican su vejez muchos Hemingways, pero allí estaba el encanto de lo efímero retratado en blanco y negro bajo la angustia de aquella ciudad que Woody Allen describió, mirándose adentro con generosidad, como “dura y romántica”. Suelo recordar la voz de esa chica, las maletas a los pies de un portal, despidiéndose de su primer amor: “Tienes que tener más fe en la gente” o algo parecido, antes del estallido final de planos de Manhattan que devoran el desconcierto y la resignación del rostro de Allen, perplejo por la madurez de tan desgarbada y triste belleza.