La víspera de Adolfo Langa

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En uno de esos golpes de fortuna que uno labra con los años, como el que trabaja sobre tierra yerma y recoge al final la siembra de un milagro, el músico sevillano Adolfo Langa tituló su primer disco Mi pequeño zoológico de palabras. Hay gente de la que uno siempre espera este tipo de arrebatos con una calculada pasión. Cuando Langa escribió su zoológico ya era un tío baldeado y estupendo, profesor de chavales y, en su única concesión a la decadencia, coleccionista de premios y reconocimientos. Había algo más: tenía una banda.

Mi pequeño zoológico de palabras fue un título intuitivo del que se sospechaba el famoso círculo de confianza que, con espacio y movimiento, al modo científico, seduce al que lo oye hasta encerrarlo. La propuesta partía de un verso, y es conocido que sobre versos se han ido construyendo un puñado de grandes canciones y hasta la Historia misma. Ya entonces Langa había sido adoptado en Caldas de Reis, donde aprendió el verano y aprendió a casarse, que no es mala afición si no se convierte en costumbre.

Hace unos meses el artista firmó Viaje a Yelabú, una centelleante frontera de su música que remite a un sueño. Allí estaba de nuevo la complicidad elegante con su público, que crece, y el territorio explorado de unas letras bendecidas por un orfebre que las trabaja con arte de autodidacta, de sol a sol. Allí estaba el ritmo, la sacudida eléctrica de sus asuntos, el ensamblaje de su música y el susurro delgado que serpentea cuando achica el tono y abreva el verso. Allí estaba, en definitiva, el círculo de confianza (el efecto Langa) que rodea un universo en expansión, condición ‘sine qua non’ de los oropeles del éxito y su mejor momento: la víspera.

Llevo ya varios días escuchándolo «con los ojos en barbecho», tal que escribe en uno de sus temas. Se presentó con el disco y con su banda (Ismael Sánchez, Rafa Torres, Álvaro García y Jose Infiesta) en Vilagarcía y Pontevedra, donde esta «víctima del verso perfecto» que ha compartido escenario con Pedro Guerra y Antonio Vega vació el repertorio y exhibió en directo su voz, quizás su privilegio más osado. Al acabar, exhausto, cargó con los suyos las armas, rehizo el equipaje y se fue por donde vino. Langa es una maravilla.