La gran siesta española

siesta-buena

Al hombre que durmió de pie un 24 de julio

Después de comer los antiguos se sentaban en la mecedora con una moneda de plata en la mano, y cuando el sueño les iba venciendo la dejaban caer sobre una bandeja para despertarlos. Camilo José Cela hacía las siestas de pijama, padrenuestro y orinal porque pertenecía a la escuela tremendista, que fue en la que se inscribió su vida blasonada y augusta. La ciencia aconseja siestas de media hora porque repara el espíritu, pero a mí siempre me ha parecido una exageración, como lo de la belleza del vino en las comidas y así otras. Si tuviese mecedora y moneda haría lo de entonces, porque uno necesita a veces desmayarse durante segundos para recuperar el ánimo, un poco al estilo Fraga. Así subía las montañas un ciclista no muy lejano, Zenon Jaskula, del que se decía que hacía la goma: entraba y salía del grupete, en un ir y venir que hasta tenía un algo de ternura. Los veranos suelen ser épocas de grandes y fastuosas siestas. En 1634, en Willemstad (Curazao), en las Antillas holandesas, un hombre llamado Andruw Jeenen se acostó después de comer y se levantó siete meses después a punto de morir de hambre. Después de una larga comida con su sobremesa de ley, a la sombra de O Ramís, colonia de alemanes de Anceu, Ponte Caldelas, hace unos días una familia se dirigió sonámbula para casa y se disputó, en silencio, las estancias más cómodas para morir durante horas. En algún momento de su obra, Umbral, al que se le empieza a echar de menos más de lo que se pensaba que se le iba a echar, escribió: “La gran siesta española empezó hace unos tres o cuatro siglos, en el XVII, cuando los reyes y los cortesanos y los escribanos (que no los escritores), decidieron echarse la siesta, nada, sólo un momento, una cabezada, y se les pasaron trescientos años, como al fraile aquel”. En el verano de los bares de Pontevedra, como de los bares del mundo, sale la retransmisión del Tour de Francia en alguna de sus etapas llanas, y el ciudadanito que ha llenado el estómago y achica el carajillo, de descuidarse en la propia barra, se expone al abanico.