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Al contrario de lo que mucha gente quiere hacer creer, la vida no es rápida ni pasa en un suspiro, ni parece que fue ayer, ni siempre se van los mejores. La gente, en general, va a los cumpleaños y a los entierros muy a la ligera y sin preparar bien los temas. Nos puede el compromiso y luego anda uno envarado entre los corrillos sociales pasando la palma por la espalda, que es la forma más sutil de llamarle perro a alguien. En la hora del adiós, los espíritus ácratas están pidiendo de un tiempo a esta parte fiesta a los deudos y que corra mucho el alcohol y el baile. Los cumpleaños, con la cosita liviana de la edad, tienden a evaporarse no sólo en las mujeres, que los ocultan como a un hijo parvo, sino en los hombres, que encuentran en el desprecio por el aniversario una forma muy propia de dandismo, y es sabido que hay tres cosas que nunca pasan de moda: los dandis, los curas y los demodé, lo que bien mirado no deja de ser terrible.
Yo siempre he ido por la vida como uno de esos anarquistas que respetan los semáforos y cuando he tenido que hacer cosas abominables las he hecho por respeto, sobre todo, a mí mismo. Mi misantropía es impostada, una actitud divertida pero no imprescindible; prefiero escribir a leer, y aún algo más, como Gil de Biedma: no me gusta escribir, sino haber escrito. Los años, por fortuna, no me han hecho más viejo ni más consecuente, sino un tipo fino que adivina mejor la oportunidad y calla entre mujeres, por lo cual es muy difícil enfadarme y muy sencillo deprimirme. Yo sí celebro el paso del tiempo y hasta el amor, de producirse, no como esos viejos atormentados que se rascan la bragueta cuando reconocen la violencia del encanto en alguien más fresco, y acaso de lo único que me sorprendo es de que todo coja velocidad de repente y aún así, llegado el día, vuelva todo a ser como años atrás, como si la vida fuese elástica y produjese daño al regresar de golpe.
Las primeras fotografías de mis cumpleaños son las de un niño delante de una tarta de piña y nata hecha con mucho amor, y en casi todas tengo una muñequera azul con la que quería imitar a Iván Lendl. No hubo muchas más y aunque fue siempre por desinterés y poquitas ganas de enredar, supe luego que a lo máximo que debe aspirar cualquier hombre honorable es a que lo olviden cuanto antes, y ésa será su leyenda. Como Soledad Puértolas en la muerte de Michi Panero, el único disgusto con el que sollozo a solas es cuando me pregunto “¿por qué perdimos la felicidad?, ¿por qué la gente es tan mala, mala en lo pequeño, mala de una forma absurda, mala como para dejar caer unas malas palabras sobre ti, mala como para querer causarte, cuando ya apenas te queda nada, un poco de daño?”. Al menos uno va creciendo hostilmente con la certeza de que al final, de morir despacio, todo serán facilidades. Hace años, en el Xeral de Vigo, un anciano en estado terminal llamado Pepe Valeiras, que llevó una vida extraordinaria y decidió morir del mismo modo, le dijo a su hija con un hilo de voz: “Aquí dentro no se está mal, pero no me dejan fumar”. Al coger el ducados que le dio la mujer a escondidas y dar dos profundas caladas, ella le preguntó “¿qué tal ahora, papá?”, y él respondió envuelto en humo, mirando al vacío, en un suspiro final maravilloso: “Pues aquí, en el Trópico”.






Pues FELICIDADES!!!!
Para la lista de tópicos “Ya estás hecho un hombrecito”.
Muy bueno el post.
Escrito el 30.07.09 a las 7:46