Neverland

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Las cenizas de mi pasado son un guante blanco y un sombrero de fieltro negro con el que bailaba por los pasillos Smooth Criminal. Soy un ser lejano de pasiones limpias y un hombre antiguo de frecuentes obsesiones y lánguidos vicios entre los que se contaba el capricho de bailar el Moonwalk en los guateques cuando alguien, en la soledad de un bar, pinchaba Man in the Mirror para mí. Al final el eco de los siglos se limita a reproducir aquello que ha dejado el rastro ardiente del ritmo y desecha el resto como piezas de ternera arrojadas a las cunetas de la Historia. La ciencia dirá algún día que resulta imposible no mover una parte del cuerpo cuando Chuck Berry ataca Johnny B. Goode, suena el Heartbreak Hotel de Elvis Presley o de repente, entre la neblina blanca ya definitivamente de otro tiempo, Michael Jackson recrea Billie Jean. Este cadáver glorioso costureado por la fama ha dejado paralizados de golpe a millones de chavales que giraban sobre sí mismos bajo un sombrero de fieltro mientras sonaba de fondo Dirty Diana, y la vida era aún una promesa equivocada y un sueño en el que todo parecía posible, hasta él mismo.