Moscas

Las moscas me han producido siempre un pudor inquieto. De niño recuerdo exterminarlas en verano sin tregua. No conocía el Alladoso, donde un hombre mató una mosca y se encogió de hombros: «Matas unha e veñen todas ao enterro». En Vento ferido un protagonista tortura moscas: en la pileta del baño, quitándoles las alas y dejándolas morir en un charquito de agua. Tiempo después supe por Monterroso que «hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas». Hace un año, en esta escalada de terror, leí por fin lo que esperaba: unos científicos comprobaron que cuanto más alcohol se les daba a las moscas, más relaciones homosexuales tenían. Esta semana Obama aplastó una. Tardó menos en matarla que el primer tonto en salir a protestar por sus derechos (“que la duerman antes de matarla, o que la maten con silenciador, o que la engorden”) y ya era difícil. Se aprecia cómo Obama mueve el brazo en ejecución pasmosa, remitiendo a la pureza de Musiquito. Hubiera sido interesante que siguiese la entrevista como si nada mientras le quita las patitas y las alas, una a una, en agotador sadismo, y cuando ya la tuviese lista, pedir unas cerillas para quemarla. Y luego hablar de Irán o de la crisis: de las cosas banales, del día a día de nuestro tiempo.