El peor oficio del mundo
A pesar de la paradoja de que haya sido Mariano Rajoy quien haya acuñado la más imperecedera cita política del zapaterismo («somos un partido normal de gente normal»), en estos años de buen rollito inaugurados al galope de aquel lema del presidente del Gobierno que cambió Occidente («la igualdad entre sexos es más efectiva contra el terrorismo que la fuerza militar») la normalidad ha sido patrimonio de una cierta izquierda que ha transitado entre la deprimente corrección política y el tedio.
A esa normalidad ha ayudado el periodismo con un entusiasmo violento. La portada de este domingo de El País Semanal es la que mejor retrata la ancha cima de los tiempos de ZP: la recherche de Bambi en escafandra sumergido en los pétalos de la Spain Beauty. En ella, y con el título ‘Retrato de un país. Cien ciudadanos cuentan sus vidas en plena crisis’, aparecen cinco personas como plural sonajero de la España de hoy: «Alfredo, bombero; Laura, parada; Isabel, ama de casa; José Luis, presidente del Gobierno y Marcela, estudiante universitaria». La fotografía, por cierto, remite a otro hit muy celebrado de Zapatero: «Sonsoles, no te imaginas la cantidad de españoles que podrían ser presidentes del Gobierno».
En las páginas, cien firmas glosan cien vidas, algunas más anónimas que otras. La primera es estupenda, la firma Manuel Rivas y es sobre Juanma Regos, desempleado y «el mejor antropólogo del universo del quiosco (…) Sabía qué publicación compraría una persona sólo por la forma de andar». Pero mi viciosa mirada de heterosexual asimétrico dedicó su atención a Alejandro Oliveira, de 31 años y «prostituto». Él concentraba la Normalidad. Apareció entre Esther Sulleiro, estudiante Máster MBA y Pilar de los Ríos, directora de instituto. ¿Hubiera sido excesiva normalidad que surgiese entre José Luis, presidente del Gobierno, y Begoña Aramendia, comandante? Nunca lo sabremos.
La normalidad quiso ser tan evidente que se vino abajo a las primeras de cambio, que es lo que suele pasar en estos negociados. España no está preparada para según qué cosas. Escribe el periodista sobre Alejandro: «(…) ‘Soy trabajador del sexo’, cuenta con serenidad». Cómo tendría que contarlo, ¿histérico? ¿Si fuese presidente del Gobierno, y así lo anunciase, se añadiría la coleta «con serenidad»? ¿O al tratarse de Zapatero, con ‘serenidad democrática’? Son preguntas que va exigiendo la propia lectura. Ocurre que uno la normalidad siempre ha preferido vivirla y no leerla, por eso cuando se la quieren escribir sospecha y ausculta, y aún peor: señala.
En la historia del prostituto hay algo especialmente turbador, más allá de esa frase que he asediado sin saber si era un detalle de normalidad o un gigantesco chiste («Le gusta refugiarse en el parque del Retiro»). La turbación responde a una expresión más de la crisis: «Para cuadrar las cuentas se ve obligado a trabajar de camarero». Pónganle ‘abogado’, ‘mecánico’ o ‘corredor de Bolsa’ donde dice ‘camarero’: cualquiera vale. En Desmontando a Harry, Woody Allen se acuesta con una prostituta negra de formidable vestuario, por lo breve y por lo rosa, y en la cama le pregunta por qué se metió en la prostitución.
-¿Y qué querías que hiciese, que me pusiese a trabajar de camarera?
-¡Joder, ser camarera debe ser el peor oficio del mundo: todas las putas con las que me acuesto me dicen lo mismo!
Unas páginas más atrás, en el mismo reportaje, Boris Izaguirre trazaba el perfil de un repartidor de bombonas de butano. A las mismas horas, en el Magazine de El Mundo, Sara Montiel respondía a una entrevista: «Soy persona desde la primera falta de mi madre». Pero sobre todo la normalidad, ésta sí, encarnada en su españolazo esplendor: «No he pisado jamás un supermercado. No es mi sitio. Soy Sara Montiel y no voy».
Yo me quedo con la falsa paradoja: en el fondo, la gente normal, ya sabemos quiénes son: los que dice Rajoy. Toda la ideología burguesa resumida en un eslogan.