El hombre que susurraba a las velinas

silvio2

La noche de un verano de hace cinco años la pasé en la discoteca de un hotel de Nairobi mirando embelesadito a una de esas gacelas prototípicas que parecen haber sido hechas con el barro de los dioses. Como uno es inocente y exagerado, mantuve durante largos minutos aquella historia de amor tan bonita hasta que no aguanté más y le dije al amigo con el que hablaba («Jabois, lo antiguo es contarlo», me dijo hace un par de noches mi querido Montano) que una versión adolescente y mejorada de Naomi Campbell me quería andar en las orejas. Se dio la vuelta para mirarla y me comunicó con rapidez: «Es puta».

Resultó extraño. Las mujeres guapas y fáciles que pasan por la vida de los demás siempre tienen un algo de fulanas; si pasan por la tuya, son jovencitas bermejas bajo una lluvia de furiosos rayos de sol que han esperado tardes a que tú las desflores. Con el tiempo uno aprende, pero no por viejo, sino por diablo. En aquella discoteca supe que lo que realmente cuesta dinero no es la belleza, sino las facilidades. Y que si alguien paga por un cuerpo no tiene por qué ser por el cuerpo en sí, sino por la urgencia de tenerlo.

No sé si algo de esto sabe Berlusconi, que ha dicho que no sabía que las bellezas juveniles de pechitos perfumados que paseaban por su mansión estuviesen tarifando la hora. A Berlusconi quizá le pasó lo que a todos: que pensó que le querían por lo que era. Que se duchaban juntas y en topless para dar de comer al Dragón. Que le acompañaban por los jardines y se dejaban regalar colgantes en forma de mariposa por el charm que desprendía y la melódica verdad con la que enjuagaba las canciones de Mariano Apicella.

Lo dijo hace poco Miguel Suárez Abel en este periódico: «¿Que vende Berlusconi? ¿Que garante? A posibilidade de facer o que a un lle dea a gana». El pueblo, en general, siempre ha soñado con tener una mansión en Cerdeña y llenarla de putas. Pruebe el periodismo a ir con una cámara por la calle y hacer la prueba, ya verá la sonrisa tontorrona que se le pone al pueblo. Otra cosa es que no haya dinero, y si lo hay, que no haya huevos. El pueblo, en ese sentido, es muy predecible. Y Berlusconi encarna al pueblo con una voluntad romántica. Para avisar de que lo único intolerable del asunto sería la cocaína (con la que al parecer se movían algunos de los vips conseguidores de Villa Certosa), una profesora recordaba en El País la particular filosofía latina bañada en el aroma de sacristía que puebla el espíritu romano: «La moral vaticana soporta machismo, cuernos y menores de edad; puede envidiar las fiestas con 25 velinas, admitir la corrupción e incluso los ajustes de cuentas».

Ayer el primer ministro italiano, cercado por la pirotecnia, se dejó ir en una confesión adolescente: «No entiendo qué satisfacción puede haber si no existe el placer de la conquista». Con la frase, que es del pueblo de toda la vida, lo que nos está diciendo Berlusconi es que de la misma manera que a Franco los buzos le soltaban los salmones en el río, a él los chulos le han estado llenando la casa de putas.