La montaña ha de bajarse siempre

Lo contó el periodista David Álvarez en su blog el pasado mes de enero: «Estas últimas semanas he estado saliendo bastante a correr y cada vez le encuentro más parecidos con el escribir». En Santiago, hace unas semanas, Haruki Murakami presentó ‘Do que estou a falar cando falo de correr’ y dijo que ambos son ejercicios similares porque permiten encontrar «la soledad». Los dos empezaron a correr después de escribir. Álvarez explica que es la pelea de uno contra sí mismo. Y hace una reflexión interesante: «Una vez solo, comienza la batalla, cuyo primer objetivo es aguantar. Los cambios sólo se producen cuando se corre, o se escribe, durante un intervalo constante suficientemente largo. Cuando he corrido poco, la vez siguiente me he encontrado con que sólo podía correr el mismo poco».
Joyce Carol Oates publicó en 1999 un artículo en The New York Times que tituló ‘Correr tras la palabra justa’. En él hace un repaso espléndido de dos actividades que ejercita: «Los problemas estructurales que se me presentan al escribir una mañana de trabajo larga, enmarañada, frustrante y a veces desesperante, en general puedo desenmarañarlos corriendo a la tarde». Y recuerda que Dickens, víctima del insomnio, recorrió las calles de Londres hasta el infinito y bajo la lluvia tiempo antes de recrear aquello en un libro, Night Walks. «Es evidente que los poetas románticos ingleses se inspiraban en sus largas caminatas sin importar el clima: Wordworth y Coleridge en el idílico Lake District, por ejemplo; Shelley (‘Sigo avanzando hasta que me detengan y nunca me detienen’) durante sus cuatro intensos años en Italia. (…) Y en su elocuente ensayo Walking reconoció que debía pasar más de cuatro horas diarias afuera, en movimiento; de lo contrario se sentía ‘como si tuviera algún pecado para expiar».
La costumbre siempre es viciosa. El joven Hemingway escribía en su buhardilla de París rodeado de gatos y acabó ya viejo de pie, aporreando la máquina desde las seis y media de la mañana. No corría, pero bebía, que es la actividad más solitaria que existe. Y si un día notaba que bebía poco, al día siguiente procuraba beber más. Si la novela le planteaba un nudo imposible, una situación irresoluble, Ernest Hemingway derribaba leones.
No sé si alguien ha hecho referencia alguna vez a otra similitud: la de escribir no con matar, que era lo que me pedía el cuerpo decir, sino esquiar. A uno le enseñan a esquiar haciendo la casita; bajar frenando poniendo los esquís hacia dentro en perversa metáfora. Se estrella uno hasta mil veces así pasen las horas hasta que se produce un milagro parecido al de aprender a caminar y uno, de repente, en la nieve y en la vida, ya no se cae. Hay que bajar la montaña repartiendo el peso con movimientos que se producen más en la cabeza que en el cuerpo, un baile de cadera ejercitado a toda velocidad, en danza extrema, manteniendo el equilibrio con los bastones. Como la escritura, el esquí es adictivo; como la escritura, la montaña ha de bajarse siempre, bien «a trancas y barrancas y echando el carro por el pedregal», como dijo Azorín, bien deslizándose en estilosa coreografía; en las dos maneras siempre a un paso de matarse. Cualquier cosa es mérito.






“y uno, de repente, en la nieve y en la vida, ya no se cae.”
Es usted joven. Ha esquiado poco.
Escrito el 16.04.09 a las 1:28