Cómo sobrevivir al ‘chorreo de Anfield’

Sólo vi la primera parte del Liverpool-Madrid en lo que ya es conocido como ‘el chorreo de Anfield’ (algún día habrá que saber, con rigor científico, por qué los patanes más ilustres de España sueñan con ser presidentes del Madrid y -esto es lo mejor- lo consiguen). Vi sólo eso porque mi tolerancia al dolor es poca y porque ya tiene uno desgracias suficientes en la vida. A mí me gusta el fútbol cuando el Madrid gana y el Barcelona pierde: son vicios muy simples. Por placer hago cosas irreproducibles, pero no veo partidos de fútbol en los que no me importa el resultado. El fútbol es resultado y el resultado es pasión. No hagan caso ustedes, irreprochables merengues, a esos orates histéricos que proclaman en los periódicos la venida del Hijo de Dios en cada partido en el Nou Camp bajo ese juego gominola de fascinación cuchi cuchi. Miren la cuenta a final de temporada (y mírenla de paso, ya que están, en las dos últimas, que es muy divertida).

En este estado de podredumbre blanca, entre los escombros de la ruina que precipitó la caída del Florentinato y el humo del pestiño que dejó el Calderongate, hay que apagar el televisor y dedicarse al bendito arte del cultivo de plantas: menesterosa ocupación a la que dedicó el tiempo Felipe González al dejar La Moncloa y Alfonso Armada al fracasar el Golpe. Se me dirá que en las dos últimas temporadas el Madrid ganó la Liga, pero el Madrid es lo que es no por las Ligas, que las ganamos con la sexta plantilla de España, una con Emerson y otra con Marcelo de titulares inamovibles y jugando al fútbol como lo debieron jugar los primeros ingleses en el siglo XIX, sino por Europa: allá donde cosió su leyenda y donde ejerce la jerarquía, aun en su limpia decadencia, del equipo glorioso que de doces finales ganó nueve. Ahora toca bajar la cabeza: son mejores (como hace dos años) y desprenden charm.

¿Cómo sobrevivir? La madrugada que siguió al ‘chorreo de Anfield’ (qué habremos hecho los madridistas para merecer a los tontos más logrados de España) la ocupó uno en Youtube repasando vídeos de las gestas del Barça. Me quedé en Sevilla 1986. Nunca supe qué había pasado en aquel partido contra el Steaua, salvo que Schuster se piró del estadio tras ser sustituido y escuchó los penaltis en taxi. No me extraña que fuese eso lo que se le filtró a la Historia: ¡no metieron ni uno! 180 minutos y cuatro penaltis, ¡y no metieron un solo gol! No estaba Schuster en ese taxi escuchando la retransmisión: ¡estaba toda la plantilla!

El héroe fue Helmut Duckadam, portero bigotón del Steaua. Fue figura nacional indiscutible y un semidiós hasta que Mendoza (a ver si alguien me explica por qué el destino irreparable de esta gente es la Presidencia del Madrid) alargó su siniestra sombra. Tan agradecido estaba a Duckadam que le regaló un Mercedes, coche que en la Rumanía comunista lo debía usar sólo Ceacescu. Se lo reclamó el régimen para el hijo del dictador: el portero se negó y la policía secreta le partió con un martillo los diez dedos de las manos.