El curioso caso de Fraga Iribarne

En el mitin del PP de ayer sucedió algo tremendo. Salió Manuel Fraga al escenario acompañado por Alfonso Rueda y Telmo Martín, y lo dejaron allí solo con el bastón. La cámara lo enfocó implacable: hay edades a las que la cámara sólo enfoca implacable. Mi amigo Manuel Fernández Valdés tiene una colección de fotografías aquí en las que exhibe a un Fraga en campaña que recogen el espíritu totémico del líder y su impúdico estertor. Allí estaba Fraga Iribarne, entonces, y allí estaba yo observándolo con un punto de pasión. Fue curioso, pero en los primeros planos no me pareció ver al Fraga cansado y doliente de otras apariciones, sino a alguien que había experimentado una muy sutil mejoría. No una mejoría de salud, sino algo más lejano: algo físico. Fraga era como una semana o dos más joven. Casi imperceptiblemente joven.
Tuve que salir un momento de la plaza de toros a tomar el aire. No me lo podía quitar de la cabeza. Cuando volví al mitin ya no hablaba él, pero me detuve a mirarlo porque además lo tenía prácticamente enfrente. Hablaba con una mujer, se reía y jugueteaba con el bastón, como diciendo: «Lo llevo por vicio».La pregunta resultó ya inaplazable. ¿Es Manuel Fraga Benjamin Button? ¿Viene Manuel Fraga para atrás? Cuando la oposición se burlaba de él por las fotos de sus carteles electorales y él se reía, ¿estaba pensando lo que estoy pensando yo ahora? La cuestión es fascinante porque además cualquier gallego tiene a Fraga tan incrustado en su vida y tan presente en su memoria que se vería hasta con cierta lógica que ahora regrese, vuelva en el sentido estricto, en el sentido severo de la palabra.

En el mitin estuvo bien: habló un fragués estupendo y no se le entendió una palabra. Luego fue a recogerse entre los suyos en la primera fila. No le quité ojo. Fue una inspección científica en toda regla. Hace una semana lo entrevistó mi amigo Nacho Mirás y le dijo que dar rugidos no resuelve nada, afirmación comprensible en un cazador. En algún momento entrecerró los ojos y pareció dormitar unos segundos, siguiendo el modelo microsiesta que fundaron él y Pujol para desahuciar a sus herederos. Los abrió de repente, y fijó su mirada en mí. Había rejuvenecido dos horas más. Paseó luego la mirada por toda la plaza, puso una mano sobre la otra en el bastón en gesto característico, y se medio sonrió como pensando: «Os vais a cagar».