Cuando fuimos los mejores

Mucha gente aún no lo sabe, pero en mi casa tengo el galardón al mejor empresario de locales de alterne de España. Y durante años, en aquel ático mío que era en sí mismo el submundo del submundo, y por el que pasaron y durmieron los seres más fabulosos que uno ha visto y verá, como un tipo en búsqueda y captura que salió a la carrera a coger un avión y dejó olvidadas en el sofá dos pelanduscas que me costó una semana entera ponerlas en la calle, ese trofeo lució tremendo en un lugar bien visible.

La historia es muy larga y empieza con un encargo: el que me dio mi periódico para ir, hace ocho años, a O Barco de Valdeorras a cubrir la gala de todos los grandes potentados del mundo del puticlú en España. Teníamos cena y cama pagada, y allí nos encontramos con la puesta en escena habitual. Todo el mundo ha ido alguna vez a una gala de empresarios de locales de alterne. Mesas redondas en un salón, tipos gordos fumando muchos puros y viejas estiradas vestidas discretamente, como si el negocio no fuera con ellas.

Lo que sucedió después fue escandaloso. Se nos presentó en la mesa como dueños de algún lupanar gallego y ni siquiera hicimos el esfuerzo de desmentirlo. Se nos hizo rápido el vacío. Teníamos 22 años y a esa edad aquellos prohombres aún dejaban los billetes sobre la mesilla. Nosotros éramos el Larry Page y Sergey Brin del puticlú, y a las promesas no se les perdona el éxito. En aquella situación sólo quedaba una salida digna: agarrar cada uno una botella y vaciarla lo antes posible.

Una ‘madame’ de un prostíbulo de mucha candela en Ibiza, animada por no se sabe qué, comenzó a darnos charla. Era como una Gunilla pasada por la termomix. «Mis chicas», decía con el pitillo colgado de los labios, «saben idiomas». «Las nuestras», dijimos, «tienen en su cuarto una báscula sobre una trampilla, y las que pasen de sesenta caen al foso». Ya íbamos curdas cuando una mujer en tanga salió a bailar, recorrió las mesas y me cogió de la mano para subirme al escenario a fingir guarradas. Aún escucho el eco ridículo de los aplausos.

Luego se entregó el premio al mejor empresario del año, que recogió un valenciano muy elegante. Y empezó la fiesta. Un señor bigotón y regordete, de unos cincuenta años, dejaba caer cocaína en una uña larga que tenía y picoteaba directamente, como un jilguero: cuando le dio la neura, juntó a algunos amigotes y decidió que la barra era un escenario fabuloso para hacer allí sus cosas. Otros bailaban y los más bebíamos. Hubo momentos en los que nuestro club tenía sesenta mujeres y otros, si no encontrábamos el whisky, en que sólo trabajaban familiares. Cansados, recogimos el trofeo, tirado en un rincón de la fiesta como ese Goya que robó un crítico de cine, y nos fuimos de allí con la fiesta a otro lado. De mañana, al llegar al hotel, encontramos a chicas corriendo por los pasillos y Esteso en calcetines y abanderado detrás, gozoso y feliz. Qué país.