Fidel Castro / Manuel Fraga: la Revolución era una aldea

Para celebrar por todo lo alto el V Centenario de la conquista española de América, Fidel Castro conquistó Europa. Empezó por Láncara, el terruño lugués de su padre, una aldea verde de ríos y terneras a la que salió a recibirle Fraga. Nada en la foto que les tomó Pepe Ferrín tiene desperdicio, empezando por la corbata del presidente gallego, que aparece con rostro idéntico al que presentó una década después en cartel electoral: Fraga es un antepasado de sí mismo. En la imagen está la ortodoxia comunista dictatorial de verde oliva cerrando los ojos con la copa en alto y el Zelig de la derecha primero franquista, luego democrática y ahora además, en el luminoso estertor, de moderadas posiciones para espanto de los curas del PP. De los dos se pueden escuchar las mayores atrocidades y los elogios más ruborizantes. Castro inauguró su régimen de libertad enchironando maricas y fusilando a cientos de infieles y Fraga fue el ministro de una dictadura vengativa y entregada a la sacristía de un Dios piadoso que se debatía entre el asco y la nostalgia. Sus fieles dirán que el cubano es un revolucionario que acabó con una dictadura militar de casino y putas en el nombre de un socialismo fundado en la igualdad de oportunidades y que el gallego es el superdotado del Estado en la cabeza que llevó de la manita como un Moisés de cólera famosa a una derecha pistolera por los mares de la Transición. Los dos han sido como una lluvia violenta que lo ha empapado todo en Galicia y Cuba en las últimas décadas. Castro, al borde del llanto, se declaró en aquella aldea “hijo legítimo de Galicia”. El pueblo entero vitoreó en las calles al dictador, al que Fraga ofreció “nuestra casa, no exenta de problemas, pero abierta a todos”. Poco después rompió a llorar cuando recordó la emigración a Cuba y la historia de su padre. Disfrutaron ambos de una romería con pulpo, empanada y sardinas, y acabaron la tarde felices jugando una partida de dominó que ganó Fraga. La Revolución, debió pensar esa noche Castro al meterse entre sábanas, era una aldea.