Los pasos del caído

“Cuando murió su hijo, Haro Tecglen llamó a su ex mujer para decirle: “Ya ha sucedido”
Lo advierte Fernando Savater: “En la vida real, los malditos son inaguantables”. En la vida literaria, fascinantes. Así lo ha debido entender J. Benito Fernández (Tomiño, Pontevedra, 1956). En 1998 publicó un libro imprescindible para entender más allá de su obra y de los documentales (El desencanto, Después de tantos años) a Leopoldo María Panero: Los contornos del abismo. Este año, el gallego, periodista de los Servicios Informativos de Televisión Española, ha quedado finalista del Premio Anagrama de Ensayo con su libro Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído, sobre el hijo del recientemente fallecido Haro Tecglen.
Llegó usted a Haro Ibars por inercia.
–Sí. Y hay algo curioso: los fascinados por Lepoldo destestan a Eduardo y viceversa. Lepoldo despreciaba literariamente a Eduardo. Y los seguidores de Eduardo despreciaban a Lepoldo porque decían que era un pesado, un plasta… Incluso Eduardo se niega a abrirle la puerta de su casa a Lepoldo. O bien porque llega borracho o bien porque, efectivamente, es un pesado.
Haro Tecglen no habla en el libro. Se negó siempre, y eso que su figura no queda bien parada.
–El único contacto que tuve con él fue profesional, haciendo un reportaje de Informe Semanal. Yo había querido hacer poco después de morir Haro Ibars un retrato del personaje a través de los padres. Y envié un cuestionario tanto a Eduardo como a Pilar Yvars. Eduardo nunca me contestó. Cuando me lo encontré cara a cara en un teatro con motivo del reportaje de Informe Semanal me presenté y dijo: “Ah, sí, sí, ya sé quién eres”. Me contestó a las preguntas del reportaje y eso fue todo.
Con motivo del libro, trató de hablar con él por todos los medios.
–Empleé todas las argucias. Desde su ex mujer, Pilar Yvars, hasta personas que le contaban que había cosas que no le beneficiaban personalmente, como que usara a su hijo de ‘negro’ en un libro sobre el nazismo (le dio cien mil pesetas). Era importante escuchar su opinión, pero no dio resultado. Lo intenté con su ex mujer, con José Ángel Ezcurra, que era director de Triunfo, con Diego Galán, que es como el hijo que nunca ha podido tener él, con Juan Cueto… Siempre ha contestado que el problema es que él no tenía nada que decir. Le he mandado cartas con preguntas muy puntuales que no tuvieron respuesta. Le he dejado mensajes, le he llamado por teléfono e incluso una vez hablé con su viuda, con Concha Barral, ¡y ella misma se lo transmitía delante del auricular a Eduardo!: “Eduardo, que es Benito Fernández, que quiere hablar contigo”. Y a él se le oía: “¡Pues dile una fecha!, ¡dile una fecha, ya! El lunes, el lunes vente por aquí. Y llama antes”. Y llamaba el lunes y no cogía el teléfono ni dios. Ése es todo mi trato que tuve con Eduardo Haro Tecglen. Incluso ahora me ha dicho gente, morbosamente: “te alegrarás de lo que ha pasado”. Y no, por supuesto. Todo lo contrario. Para mí Eduardo Haro Tecglen es un maestro, y eso lo seguiré diciendo.
¿Qué ha dicho del libro?
–Sánchez Dragó quiso llevarnos a él y a mí a un programa de libros de Telemadrid. Y él dijo que no tenía el libro ni le conocía. Se lo envió la editorial y él dijo que no tenía nada que decir. Por otras personas dijo que era un libro muy trabajado y nada más. Yo digo en el prólogo que quizás calla quien más tiene que callar. Pero tampoco creo que Eduardo salga muy mal parado.
¿Cómo interpreta usted su silencio?
–Él siempre ha dicho que no ha asumido todavía la muerte de sus hijos [Haro Tecglen y Pilar Yvars tuvieron seis hijos, de los que murieron cuatro]. Él dice que es algo muy traumático, pero más traumático será para la madre, que los ha parido. Y Pilar habló delante del magnetófono y la he visto llorar mucho. Fue algo muy doloroso. Para Eduardo sin embargo fue tabú el tema de sus hijos. Y sin embargo en sus columnas reivindicaba a su hijo, y decía que le copiaba.
Hay una frase terrible de Haro Tecglen cuando muere su hijo.
–Define mucho al personaje. Esa frialdad. Tenía contacto con su hijo, y últimamente habían comido juntos Blanca Uría, la última compañera de Eduardo, Haro Tecglen y su mujer. Tenían relación, y Haro Ibars dio al final de sus días unos discursos tremendos sobre la admiración que tenía por su padre. El problema es que a Haro Tecglen le hubiese gustado que su hijo fuese un señor metido en la redacción de Triunfo trabajando sin parar como Diego Galán en vez de dar tumbos por la calle borracho y metido en el ‘caballo’. Y aunque él presume de haber educado a sus hijos en libertad, yo creo que si hace balance debería darse cuenta de que se ha equivocado. Haro Tecglen fue la primera persona a la que llamó Blanca Uría para comunicarle la muerte de su hijo. Y luego Haro Tecglen llama a su ex mujer, la madre del muchacho, y le dice: “Ya ha sucedido”.
Cuenta Umbral al final del libro: “Haro Tecglen está hoy en las columnas haciendo lo que le hubiera gustado que hubiese hecho Haro Ibars. Está siendo su hijo”.
–Sí, exactamente. Y yo tengo la teoría de que a Eduardito le hubiera encantado ser su padre. Le hubiera encantado que le reconocieran como un gran columnista. A Eduardo, sin embargo, se lo lleva por delante el exceso: las drogas, especialmente.
La época.
–No es que influya la época. Él es víctima de la ignorancia que teníamos con las drogas. Hay muchos supervivientes de esa generación. Mariano Antolín Rato era amigo suyo, también era yonqui y ahí sigue trabajando de la literatura. Eduardo fue víctima de la ignorancia. Además, el ‘caballo’ era una droga muy mítica. Todos teníamos a nuestros mitos generacionales: Janis Joplin, Brian Jones o Jimi Hendrix. Yo no di ese paso porque me aterrorizaba sólo pensar en las agujas, pero sí probé el LSD y esas cosas. Eduardo iba de héroe, de valiente por la vida, y se lanzaba.
¿Por qué esa actitud, por qué parar el tráfico con un cencerro y este tipo de cosas?
–Fueron los primeros friquis. La gente antes se te quedaba mirando sólo con sentarse en el bordillo de la acera. Y Eduardo a lo mejor iba por ahí con un cencerro colgado al cuello y con un chaleco de piel de cabra, y la gente se volvía para mirarle. Cuando estuvo el Che Guevara en Madrid, subía por la Gran Vía y la gente se quedaba mirando para un tío barbudo, vestido de verde oliva, y decían: ‘Joé, qué pinta’. Y cuando Eduardo y sus amigos cruzaban la calle les llamaban maricones.
Haro Ibars siempre fue a contracorriente.
–Cuando la gente luchaba contra la dictadura, él ya estaba de vuelta de todo y hablaba de homosexualidad y drogas. Y cuando todos iban de modernos en la ‘movida’, él se hizo trotskista y hablaba de la revolución. Era un provocador. Un niño prodigio con una formación y unas lecturas increíbles. A Paul Bowles le fascinaban sus conocimientos adolescentes. Leía en varios idiomas. ¡Conocía a Djuna Barnes, una autora minoritaria, cuando aún no se había traducido nada de ella en España!
He leído en alguna parte que Haro Ibars era un pijo del malditismo.
–A mí me lo ha dicho algún escritor muy reconocido. Alguno me ha dicho que mientras él curraba y sudaba sin un duro por escribir, éstos eran unos niños bien. Yo no creo que sean pijos, aunque si se entiende por pijo el que no ha dado un palo al agua, pues bueno. Pero yo tengo otra concepción del pijo. Eduardo, Lepoldo y otra gente han sido ovejas negras de familias bien.
3-10-05