Todos novelistas

Para que no faltase de nada en su discurso de entrada en la Academia, en ese domingo de gloria al que todo intelectual tiene derecho en la vida, a Javier Marías no se le olvidó dejar salir a sus fantasmas. A Andrés Trapiello, sí, y por poco a las procesiones y a las comunidades de vecinos. Que eligiese un escenario de pompa y una hora trascendente no lo eleva a él, sino a su enemigo. “Poco importa que a Don Quijote o a Sherlock Holmes les hayan surgido escritores aprovechados (a Cervantes le sucedió hasta en vida) que hayan intentado prolongar sus aventuras y redibujar sus personalidades”, dijo abriendo la jaula por la que salió Al morir Don Quijote, la trapelliana prolongación de la leyenda. Ya todo es viejo. Me lo escribió ayer el amigo Mabalot: “No creo que el duelo Marías-Trapiello dejé muy bien a cualquiera de los dos, aunque son realmente la cara y la cruz de la literatura española: por generación, por estética y sobre todo porque los dos son insistentes hasta el aburrimiento en sus santorales, tan distintos el uno del otro. Incluso se podría saber si a uno de los dos le gusta un autor sabiendo qué le parece sólo al otro. Uno, que si Benet hasta en la sopa, y el otro Galdós, como si los hubiesen descubierto ellos”. De Benet dejó dicho Trapiello en su diario (que tan buenos enemigos le ha procurado: en el último volumen recuerda con indisimulado aprecio a Juan Cruz y Sánchez-Ostiz) que era un “ingeniero engreído al que comparan con Faulkner”, y de Trapiello vino a decir Marías que era el novelista “más inepto” de España. La guerra se fue luego a otras latitudes, y el hastío de Marías con el aniversario del Quijote tuvo respuesta días después por parte de Trapiello (“acabo de leer esto por ahí, en el artículo de uno”) con un artículo (Quita tus sucias manos de mi Mozart) publicado hace tres años que tituló inspirándose en aquel otro célebre de Manuel Vicent (No pongas tus sucias manos sobre Mozart). Todo bellamente ejecutado, porque las disputas literarias tienen a veces tanta altura estética como cierta y hasta comprensible miseria vanidosa. Claro que en este discurso Marías dijo algo tormentoso: “la ficción es el único medio para no deformar la realidad”, “en el momento en que se aspira a que la palabra reproduzca lo acontecido, lo que se está haciendo es suplantar y falsear esto último”, “cualquiera que se dedique a contar algo cierto será susceptible de ser corregido, enmendado, aumentado o desmentido” y, por tanto, “sólo podemos contar lo que nunca ha sucedido”. Provocadoramente ligero, desde luego, y hasta un punto descorazonador en la parte tocante al periodismo. Contestó ayer Arcadi Espada largamente, avisando: “la puerilidad de algunas de las afirmaciones de Marías es casi sorprendente”. O sea, que no llega a sorprendente: ¿cómo es esa puerilidad? Ay, el burbujeante champán de la lengua.