Pirolón

Ha habido en esa sentencia a morir en la horca de Sadam Husein un hecho de relevancia histórica por el que se ha pasado casi de puntillas, pero es algo enormemente trascendente si atendemos al recuerdo estético que se tendrá del gran dictador. Si su muerte se produce siguiendo el clásico patrón del nudo de la horca, éste colapsará las venas yugulares y las arterias carótidas y, además, como morirá de pie tendrá una erección postmortem: Sadam morirá empalmado. Tenemos ahora en el imaginario dos imágenes resueltas de Sadam: una disparando una pistola en un balcón y otra desparasitado por un médico americano. Son estas postales las que quedarían grabadas en el particular álbum de la ignominia humana si Husein finalmente disuelve sus últimas horas en la cárcel, bajo el peso de una terrible vejez que le acabaría convirtiendo en un Pinochet inflado abrazado al Corán. Sin embargo, la horca le devolverá el triunfo y, de paso, enderezará su pene, y con él su destino: será su venoso y fibrado corte de manga a Estados Unidos, como un Cid que después de muerto no gana batallas, pero las levanta. Poco importará entonces que no fuese un gran promotor de elecciones: el póstumo legado de Sadam será, como cantaba Javier Krahe, una gran erección en plena Plaza Mayor. El ahorcamiento no será baladí: se calcula que si fuese televisado habría una audiencia de 200 millones de personas, que es más o menos la cuarta parte de lo que reunió en su día más flojo la última serie de Ana Obregón. Hay conexión: Ana pretendía hacer a su modo con nosotros lo que la horca hará finalmente con Sadam: truculentas paradojas. Por último, no descarten que como plato fuerte, comprobada la última afrenta del dictador y tiesas ya las horas, dos arrojados marines hagan ondear una orgullosa bandera estadounidense en su babilónica pirola suní.