Verdad

En Lobo, la primera película producida por El Mundo, los etarras entrenaban por la orilla de una preciosa playa vasca, tipo Baywatch, mientras uno de ellos, el topo, se disculpaba un segundo para acercarse al paseo y pasarle información a un agente secreto con gabardina, gafas de sol y bigotito: un espectáculo kitsch que el periódico jaleó con entusiasmo. Quizás por eso ahora se estrena GAL, de la que sólo hay que citar la sinopsis: va de dos periodistas intrépidos que desenmascaran una trama de terrorismo de Estado protegidos por un director de periódico insensible a las presiones del Gobierno y emparentado con la Verdad. Nada se nos dice en una precuela del feliz apoyo que daba el director mediados los ochenta a ese terrorismo, y tampoco se espera secuela en la que se nos informe que años después se mostraría esta figura favorable al derecho de autodeterminación del País Vasco: la Verdad no exige parientes muy cercanos.
Bajo esa lluvia mediática, que amenaza ahora al séptimo arte como feroz instrumento de propaganda, se enfanga cada semana el proceso de paz, rebautizado por la derecha losantita como proceso de rendición. Ayer ETA lanzaba un comunicado que los medios interpretaron como suelen: dándole rango de cinco columnas. Lo curioso vino después: puestos a elegir versiones, la Asociación de Víctimas del Terrorismo elige la de sus verdugos porque “nunca mienten” y el Gobierno, en cambio, “sí miente a los ciudadanos”: exactamente lo que pasó el 11-M, atentado del que ya se pide entre el gentío una versión cinematográfica. Un directivo de la AVT, desesperado, daba ayer la clave de este thriller judicial posmoderno: “Si la verdad del 11-M no se sabe antes de las elecciones, no se sabrá nunca”.
La Verdad también tiene sus objetivos.