La vida fue maravillosa (Ha muerto Andrés Montes)

MONTES

Noviembre, 2006

Quien esté siguiendo el fútbol en la Sexta sabrá que hay dos Ligas: la que se está jugando en el campo y la que está jugando solito arriba en la cabina, atado a una pajarita, Andrés Montes. Si usted contempla la Liga en directo se dará cuenta de que no es posible atender a una cosa y a la otra al mismo tiempo. Montes y el fútbol se superponen, se solapan, y de ahí el mérito del comentarista, cuya verborrea compite de tú a tú con los Messi y compañía. Al final, el telespectador, saturado, se entrega o bien al fútbol o bien a Montes, lo que bien mirado no está tan mal, aunque uno en ese caso hubiera preferido a Carlos Blanco.

Montes es un periodista de largo recorrido al que ahora, con su súbito salto a los Mundiales de la Sexta, le están zoscando de lo lindo en los blogs por su peculiar forma de ver el deporte y, diría uno, la vida. Ha sido durante más de diez años la voz de la NBA, donde popularizó sus ‘jugones’, el ‘din-don’, el ‘ra-ta-ta-ta-tá’ y otras onomatopeyas que a uno sonrojarían si no estuviésemos hablando precisamente del monstruo (¡el rey!) de las onomatopeyas. Utilizaba a su compañero de micrófono para incrustarlo en cada frase (“¡Daimiel, Daimiel!, has visto lo que ha hecho ese tío”), tal que hace ahora con un desconocido Julito Salinas, del que al principio pensábamos que iba a hablar como remataba a puerta, con la canilla, pero se ha hecho un exquisito y lo quiere hacer del tipo folha seca: el resultado es tan desastroso que a Montes no le queda más remedio que tirar p‘alante (“Julito, di tú algo ahora, que me quedo sin voz”, le dijo el otro día, retador, el maestro).

A cuenta del Mundial Montes hizo el agosto con sus expresiones. Repetía eso de “¡algo está cambiando, estamos en la Sexta!”, un soniquete que tendría éxito si no fuese porque se sobreentendía que en el cambio venía incluido él, tan excesivo y absorbente que no sólo es incompatible con el fútbol sino con cualquier otra actividad, digamos planchar. Hay una frase sin embargo que me ha despertado cierta ternura: ‘¡La vida puede ser maravillosa!’. Ahí adquiere Montes su magnetismo perturbador, y cuando le enfoca la cámara y nos encontramos con su calva morena y lironda, sus gafas de topo afrancesado, le cogemos un cariño bárbaro. Cuando está encerrado en una cabina mínima, frotándose la frente sudada con un paño, teniendo que compartir cabina con Julio Salinas, un tipo que ha sido al fútbol lo que Montes a la discreción, y atrapado entre la mesa y la pared, casi enjaulado mientras se desgañita con eso de que ‘¡La vida puede ser maravillosa!’, nos damos cuenta de que Andrés Montes no es sólo carne de onomatopeya sino que, de frente y de perfil, es sobre todo una epopeya. Sin nuestro comentarista, la Sexta parece un despliegue de comerciales de Hamás. Y no hablemos ya de Chapi Ferrer y sus inquietantes miraditas a la cámara cuando le enfocan. ¿Qué nos quieres, amor?