Escrito el 17.05.12 a las 2:04

El periódico mecánico

La primera vez que vi una linotipia ya no había linotipistas. O sí, pero eran otra cosa y trabajaban en la planta de arriba. La linotipia estaba en los talleres de Diario de Pontevedra en la calle Secundino Esperón. Años después la calle pasó a llamarse Hermanos Vázquez Lescaille. Ahora se llama calle de Rouco. Los locales del Diario de Pontevedra se convirtieron en una oficina de Correos, más tarde una sucursal de caja de ahorros y ahora están en desuso, cubiertos de polvo y folletos publicitarios; en la puerta un cartel anuncia un “taller sobre el perdón” dirigido por un experto, que ya tiene que ser sospechoso un experto en el perdón.

En quince años la calle ha tenido tres nombres y la sede del periódico tres usos, todos acordes con el futuro de la prensa. La primera vez que pisé ese lugar fue un día de 1997. Subí las escaleras de madera hasta la primera planta para entregar una carta al director. En ella criticaba una información del diario deportivo As que había representado la alineación de un equipo con violines y la otra con tanquetas o algo parecido. Fui con mi chica de entonces, y el redactor que nos abrió la puerta no le quitó el ojo mientras yo le agitaba delante de las narices mi papel. Un chico de 19 años que escribe una carta al director quiere ser periodista, no que le levanten a su novia.

Extracto del artículo El periódico mecánico en el número impreso de Jot Down


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Escrito el 16.05.12 a las 10:42

CXVII

La alternativa a los periodistas son los periodistas, de la misma manera que a un frutero sólo se le puede suceder otro frutero y a un ministro otro ministro. A las nuevas tecnologías le sucederán otras nuevas tecnologías y todos seguiremos siendo lo que somos pero un poco mejor, como corresponde a los tiempos.


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Escrito el 15.05.12 a las 11:26

A la sombra de las muchachas en flor

Hay algo perverso en la portada que La Razón publicó esta semana señalando a varios líderes estudiantiles con una fotito de Wanted y abajo su expediente académico, que al parecer no es todo lo lustroso que debiera, como si las revueltas estudiantiles fuesen a protagonizarlas opositores a Notarías.

A la sombra de las muchachas en flor, en Diario de Pontevedra


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Escrito el 14.05.12 a las 10:09

La clientela de Arriola

Rebuscando ayer en viejos papeles digitales de El Mundo encontré una definición muy apurada sobre Pedro Arriola cuando fue incluido entre los chicos del PP en 1990.

La clientela de Arriola, en El Mundo


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Escrito el 13.05.12 a las 16:55

Ex Rato

Con el felipismo exangüe, subido a una cruz a la que iban cada fin de semana los hermanos Guerra para frotarle azufre en las llagas, Rodrigo Rato se dedicó a organizar cenas por Madrid para presentarle a la sociedad financiera a un señor del que asustaba no tanto el bigote que llevaba por fuera como por dentro, de mariachi a medio hacer.

Ex Rato, en Elmundo.es


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Escrito el 3.05.12 a las 10:46

Muy alto el panteón

Parece que se celebran ahora 50 años de los Rolling Stones, una efeméride difícil de calibrar en una banda de la que ni siquiera hay acuerdo sobre la fecha de su muerte.

Muy alto el panteón, en El Mundo


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Escrito el 1.05.12 a las 10:15

Todos los puentes

Desde hace días podía percibirse en la calle cierta euforia, como si de un momento a otro se fuese a desencadenar un puente. Es un fenomeno común que puede demostrarse empíricamente en la audiencia del hombre del tiempo, que siempre sonríe de medio lado, con complicidad alucinada, y dice una semana antes: «En cuanto al puente…».

Todos los puentes, en El Mundo


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Escrito el 29.04.12 a las 11:08

Guardiola siempre vuelve

Para ver una conmoción parecida a la marcha de Pep Guardiola del Barcelona hay que remontarse a once años atrás, cuando Pep Guardiola se marchó del Barcelona. Fue tal el luto, entre páginas, entrevistas y homenajes, que el pobre Pep, que sólo tenía 30 años y aspiraba a jugar en la Juve, tuvo que conformarse con el Brescia. Ya entonces se le rodeó de mística, pues la piedra fundacional sobre la que Cruyff erigió su Iglesia había sido recogepelotas en el Camp Nou en años oscuros: de treinta tiros a puerta iban fuera veintinueve. Probablemente fue en aquel tiempo, corriendo de un lado a otro como Oliver Twist, cuando Pep formó su ideal de jugador: cortita y al pie, tratando de llegar a portería entre rondos amables para que los niños del Estadi no sufran lo que sufrió él cuando gobernó el equipo Venables.

Guardiola siempre vuelve, en Elmundo.es


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Escrito el 26.04.12 a las 10:08

Fuera del armario

La ‘santiaguina’ del arzobispo de Alcalá, aquel discurso suyo que casi resucita otra vez a Jesús del susto, ha tenido un efecto curioso: sacar del armario a los ex homosexuales.

Fuera del armario, en El Mundo


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Escrito el 25.04.12 a las 9:13

CXVI

Del Madrid fui por primera vez a los dos años, cuando mi tío me puso una camiseta del Barcelona en medio de un bar con gente haciendo la ola de pura consternación. La leyenda cuenta que me la saqué llorando y que no volví a subir a sus brazos hasta los doce, cuando me picó una faneca en la playa de Silgar. Y aún entonces, en medio del llanto, lo miraba con desconfianza sin saber por qué, como esos niños que no identifican un trauma.

El bar era de mi abuelo y estaba debajo de nuestra casa. En tiempos fue un bar peluquería. Mi abuelo había estado embarcado muchos años y aprendió el oficio, porque de los barcos surgen hombres multinavaja, así que cuando volvió montó el bar y dentro, en lo que ahora se llamaría dos ambientes, puso una silla, un espejo y unas tijeras. Me crié entre las piernas de toda esa clientela, y cuando la estatura me dio por fin para llegar con las manos a la barra, comencé a poner vinos. Fui un niño mesonero, madridista y muy católico, de los que se atormentaban con el pecado al punto de cometerlos todos, como un Cristo enloquecido. Si un borracho me pedía un albariño yo me prestaba a servirlo y estiraba mucho la mano para cobrarlo, y con aquella mirada cándida mía, de niño de catequesis, se aturdía la clientela, que desistía de seguir bebiendo y cogía el camino de casa a abrazar a los hijos llorando y pedir perdón.

Yo ahora pienso que si los ayuntamientos pusieran niños a servir en los bares se reduciría la tasa de alcoholismo, porque hay que estar muy mal para permitir que te emborrache un niño. A esas conclusiones llega uno mal y corriendo, porque la realidad es que yo ponía los vinos con euforia, hasta rebosar la taza, y me gustaba ver a aquellos hombres fuertes de caras encarnadas agacharse y sorber como veía hacer a las vacas en las cuadras de la aldea. Tengo a todos esos rostros frescos en la memoria, porque no se nutre otra cosa el periodismo que de lo vivido, sea hace un minuto o hace un siglo.

En el bar, al atardecer, siempre llegaba Vicente, que montaba jaleo cuando había partido de fútbol y a veces se le echaba sin miramientos. En una esquina de la barra, sin beber, se sentaba mi bisabuelo Manolo con unas gafas gordas de montura negra que ahora serían la delicia de los modernos. Mi bisabuelo era de cuerpo fuerte pero su recuerdo lo tengo muy débil; un día no apareció y se me dijo que había muerto. Yo entonces pensé que la muerte consistía en dejar de venir por el bar, así que cuando alguien faltaba me compadecía de su alma.

Gianni, un italiano que vivía en el edificio de al lado, seguía siempre el Tour como si le fuera la vida en ello. Al parecer había sido ciclista allá en Italia y cada vez que hablaba todos callaban. Si decía que Perico iba mal, Perico atacaba. Si Lemond iba a ganar la etapa, le daba una pájara. El silencio que se producía en el bar era de pura expectación. Probablemente se hubiese inventado lo de ciclista para justificar que tenía las piernas depiladas, aunque para eso, decía mi tío, ya le tenía que haber llegado con decir que era italiano.

Óscar, un chico serio, de percha estable, poco dado a sacrificios gestuales, llegaba al bar los fines de semana para jugar al dominó. Al contrario que los airados, reposaba las fichas con tanto cuidado que nadie dudaba de que fuese homosexual. Sólo le vi perder una vez los estribos, cuando tuvo que repetir lo que tomaba porque no se le había escuchado; eso sí, pegó un grito que casi le revienta la cabeza a mi abuelo.

En esa taberna, casi aprendiendo a andar, sin saber yo aún lo que era la vida, había tenido mi primer gesto de madridismo natural, envuelto en pureza, como una forma armoniosa de arte. Eclosioné como madridista antes que como hombre. Fui blanco sin condiciones, a tumba abierta, como salía Salguero de la cueva con el balón, la mirada gallarda y el pelo alborotado, derrumbando rivales con la camiseta por fuera como si escapara de la cama de una señora casada.

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Grupo Salvaje


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