Escrito el 30.08.14 a las 11:51

Un manzano en flor

-Viene ahora de la aldea.

-De Ratel, donde nace el río Verdugo. Allí me escapo siempre que puedo. Tengo mi huerto: mis lechugas, mis rábanos, mis patatas. ¿Quieres ver una foto? Ésta es la casa, en forma de L. Y éste el manzano en flor.

Un manzano en flor, en El Mundo


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Escrito el 13.08.14 a las 12:53

El niño que se ahogó

A Ignacio Hurban le preguntaron cómo prefería que le llamasen y él contestó «Ignacio». ¿Podría haber contestado otra cosa? Desde luego, porque él no es Ignacio Hurban: él es Guido Montoya Carlotto, nieto de Estela de Carlotto e hijo de Laura Carlotto, secuestrada por la dictadura militar argentina. Sus asesinos esperaron a que Laura terminase su embarazo. Al bebé, que iba a ser Guido, lo entregaron a una pareja; a ella la mataron a tiros por la espalda.

El niño que se ahogó, en El Mundo


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Escrito el 1.08.14 a las 11:23

La línea amarilla

El primero que me hizo reparar en ella fue Hughes en Maracaná. Íbamos atravesando vestíbulos y pasillos, saludando al personal, y me parecía a mí que iba muy seguro de sí mismo cuando se paró en seco y dijo: «Me encanta la línea amarilla». Yo la había visto en Sao Paulo y pensé que era una pegatina de edificio a medio terminar que algún maleante dejó sin recoger.

-¿Qué es la línea amarilla?

-La que tenemos que seguir los periodistas.

Efectivamente, la FIFA había pintado en el suelo una línea amarilla perfecta, rectísima, que iba marcando el sendero a la prensa para que supiese dónde están las cosas. Recorría todo el estadio y señalaba la ruta como las lucecitas azules que colocó el alcalde de Pontevedra para que no se pierdan los peregrinos del Camino, porque para llegar a Dios sale una estrella, pero del apóstol si no se encarga mi alcalde la mitad acaba en Casa Otilio.

Me pareció una gran idea esa línea. Pero entonces me asomé y vi a los aficionados, los voluntarios, los funcionarios y los vips caminando por ahí sin raya. Empecé a sofocarme.

-¿Y ellos cómo van? -pregunté.

-Ah, no sé.

-¿No tienen líneas para saber cómo llegar a los sitios?

-No, no, sólo hay línea amarilla. La nuestra.

-Pero hombre, que esto no es una línea amarilla. Esto es un carril para imbéciles.

Levanté la vista -porque fue saber que había una raya en el suelo y empezar a caminar mirándola- y así era: íbamos todos en fila india, con un pie a un lado y otro de la pintura, como en una cinta de aeropuerto. Imposible no reconocernos. La FIFA estaba convencida, y nosotros también, de que si la línea amarilla nos sacaba de Río de Janeiro y nos llevaba a los acantilados de Beberibe, saltaríamos al vacío. Dejarnos en nuestros asientos era la forma maquiavélica de Blatter de perdonarnos la vida.

Yo de repente veía a niños de seis años manejándose solos por el estadio, sin una mascota gigante que les indicase, sin una línea de colores que les dijese algo.

-¿Ésos que siguen una raya qué son, papá?

-Periodistas, no mires.

La idiotización empieza así: le das a alguien un instrumento que no necesita y a la media hora ya no entiende la vida sin él. Tanto es así que a mí me llegó a costar, francamente, volver a Madrid sin un funcionario con una brocha delante.

Si la línea fue una sobreactuación de la FIFA no lo sé. Lo que no se le pudo negar a la organización fue ánimo de ayudar. Un ejército de voluntarios se dispuso en Brasil con disciplina. Algunos me contaron que estaban allí tras dejarse sus ahorros, por la experiencia de conocer la Copa del Mundo desde dentro y ver los partidos; otros, porque querían ser futuros técnicos, seducidos por la leyenda del Pep recogepelotas. Germán Aranda, que nunca sé en qué se está fijando cuando conoce a alguien, dio con un travestí que se prostituía en Copacabana y que aprovechó el Mundial para meterse de voluntaria. Si algo aprendí del Mundial es que hay más épica fuera del campo que dentro.

Los voluntarios sorprendían a la llegada al estadio subidos a sillas de juez de pista, a veces para animar y otras para reclamar, a gritos, «tickets en la mano». Antes, durante y después del jogo los voluntarios reparten fichas con las alineaciones, los clubes a los que pertenecen los jugadores, el nombre del árbitro y, sobre todo, el estadio en el que estamos. Esto fue importantísimo para los articulistas itinerantes porque al final uno ya estaba por poner La Condomina por defecto sólo por ver a un guay llevándose las manos a la cabeza en plan «éste es el nivel, éste es el nivel».

Gracias a las fichas se producen muchos de los comentarios del tipo: «Este mediocentro nacido en el 86 ya dejó su impronta la temporada pasada en el Glasgow Rangers (…) Creció de forma salvaje en las calles de Edimburgo». Si uno se pone eufórico puede añadir que es unionista y protestante, pero eso ya no es responsabilidad de la FIFA. En realidad solo unos pocos, la élite, sabemos que es mediocentro porque el gráfico de la ficha lo sitúa allí; de hecho sabemos que existe porque su nombre está en el papel. Si el voluntario hubiera escrito el nombre de Jesús Cintora en el mediocampo yo le hubiera dado la titularidad sin dudarlo y, de haber percibido algún talento en el jugador en su posición, lo mismo podía dedicarle un post.

La línea amarilla que trepaba del suelo a la tribuna y se extendía por las crónicas me recordó a mis primeros tiempos de periodista, cuando me puse de corresponsal del pueblo de la noche a la mañana. Tenía dos misiones delicadas: sentarme delante del despacho del alcalde y sentarme delante del fax. El fax lo teníamos en el hotel de mi familia, y yo había dado su número al Diario de Pontevedra para que lo publicase con el aviso: «Nuevo corresponsal. Envíe aquí las noticias». A las dos semanas entró el primer fax: la reserva de un fin de semana de una pareja asturiana. Fue tal la desesperación que estuve a punto de publicar en el periódico sus intenciones sospechosas.

Los siguientes días la cosa empezó a funcionar. Primero gracias al PP, que enviaba notas con cualquier baldosín suelto en la calle (el PP estaba en la oposición, pero el desgaste lo aplicó a mi hotel, que redujo el negocio ese verano porque no llegaban las confirmaciones de las agencias. Y de qué manera iban a llegar, si mandaban tantas notas de prensa que mi abuelo pensaba que por nuestro fax se publicaba el BOE).

Cuando el periódico empezó a reclamar noticias vecinales, y como quiera que yo aún no sabía ni llamar a una puerta, una mañana salió del fax una nota misteriosa, manuscrita, de letra trepidante. «Esto es urgente», pensé activándome sin remedio, buscando con la mirada una bolsa de explorador que me habían comprado mis padres (nadie en casa sabía muy bien en qué consistía mi nuevo trabajo).

La nota resultó ser del que se convertiría en mi mejor compañero de viaje de aquellos años: Antonio Cacabelos, presidente de la Asociación de Vecinos de Dorrón. La primera vez que llegó un comunicado suyo pensé que estaba secuestrado; se trataba de una letra inconfundible, alterada, de hombre en pánico. Enterado del nuevo corresponsal, había comenzado a enviar una media de dos comunicados diarios. La mayoría denunciaba destrozos de jabalíes en las cosechas (debí de recibir de Cacabelos 700 notas de jabalíes; cuando lo conocí personalmente exclamó: «¡Por fin, Jabalí!», y yo pensé que se había vuelto loco pero no, había dicho «Jabois»).

Durante meses, mientras aprendía el oficio, sobreviví en el periódico gracias a los ataques nocturnos de los jabalíes y aquellos comunicados terribles de la Asociación de Vecinos de Dorrón en los que se reclamaban soluciones a la desesperada, como electrificar el campo. Encerrado en la recepción del hotel, mientras recibía un fax detrás de otro, yo me imaginaba Dorrón como una especie de Macondo, un lugar extraordinario alcanzado por una plaga de cien años. Daba cuenta de aquello en asépticas notas que el periódico me publicaba en media columna; ahora reunidas una detrás de otra dan como consecuencia una imparable invasión extraterrestre.

Cacabelos, que dedicaba a sus vecinos más tiempo del que cualquier concejal, sin sueldo y sólo armado de un vetusto fax y un corresponsal voluntarioso, fue mi particular línea amarilla. No podría contar las páginas que salvé gracias a él, y las carreras que echaba, en la hora de cierre, cuando sonaba el pitido del fax. Lo recordé mucho en Brasil por la tentación de coger todo aquel trabajo hecho por la FIFA, solícita al máximo, y volcarlo tal cual en las crónicas. «A veces esto parece un todo a cien», me dijo sarcásticamente un colega señalando una larga mesa en la que se repartían muchas tías buenas y gentes del espectáculo. Cuando entraron al galope los ultras chilenos arrasando con la sala de prensa pensé, sentimentalmente, que los jabalíes me habían perseguido hasta allí.

La única ocasión en que no se dio ficha fue en la ceremonia de inauguración. Ese día publiqué que había cantado Pitingo y al parecer fue Pitbull. Yo no había visto nunca en mi vida a ninguno de los dos, no digo ya escucharlos, y tras el despiste fui a enterarme. He vuelto a confundirlos, esta vez adrede en alguna cena de alto copete, y todo el mundo me miró con respeto, como si yo sólo escuchase a Bach.

No sé si porque en los gráficos los jugadores aparecían como puntos en blanco y negro, y en el partido entre Francia y Suiza los franceses eran los puntos oscuros, puse en mi crónica que Cabayé era un negro formidable de la vieja escuela, derrochador e imponente; al día siguiente comprobé que era más blanco que Stalin. A mí me salvó que perdiese España, porque de otra manera no hubiera podido justificar mi vuelta precipitada de Brasil. Nada grave teniendo en cuenta que en el primer partido, sin conocer aún la línea amarilla, empecé a bajar escaleras sin control, con la mochila a los hombros, y cuando quise darme cuenta estaba abriendo una puerta de la que salió un señor a los gritos que si no era el árbitro, bien merecía serlo.

Crónica, El Mundo, 13-07-2014


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Escrito el 15.07.14 a las 13:50

Ticos después de la muerte

Antonio Moyano Reina nació en Puente Genil ocho años antes de la guerra española. Fue un hombre de vida azarosa. Jugador bon vivant y atractivo, se hizo futbolista trotamundos de Segunda y Segunda B. También era torero: un día llevó a su familia para que le viesen cómo toreaba a una vaquilla y, tras verla, salió corriendo de la plaza. Su marcha del país en la dictadura fue azconiana. Bajo la sospecha de hacer estraperlo con coches Mercedes procedentes de Gibraltar, se dirigió con un cochazo a la frontera, recogió a una pareja de guardia civiles de la tormenta y, al llegar a la raya, en el puesto entendieron que era hombre de mando y lo dejaron pasar con honores.

Costa Rica después de la gloria, en El Mundo


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Escrito el 11.07.14 a las 12:53

La lección del Jero

En su libro De vidas ajenas, Carrère escribe que Jean Claude Romand se inventó un cáncer por la mala suerte de no poder tenerlo. Romand, el falso médico de la OMS que edifica una vida hasta que le explota en las manos, se fabrica también un tumor y espera que las células reconozcan esa verdad. Desechada la opción de que se convierta en médico, el cáncer es lo único que le queda para que no todo sea amputado. De ese modo la enfermedad sería lo único vivo dentro de él y podría decir, en circunstancias diferentes, lo de Fritz Zorn en Bajo el signo de Marte: «El cáncer es una enfermedad del alma de la que sólo puedo decir: es una suerte que finalmente haya hecho eclosión».

La lección del Jero, en El Mundo


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Escrito el 8.07.14 a las 15:51

El hombre que más se pareció a la Saeta

Fue en el Bernabéu, cuando Zidane hizo una ruleta que levantó al estadio. Di Stéfano se agitó y los que estaban junto a él juzgaron que desaprobaba la acción. Le gustaba la eficiencia y desconfiaba de las mayorías. Pero el genio exclamó: «Che, ¡parece la Saeta!». No era sólo un reconocimiento a Zidane sino a sí mismo, a algo que los títulos y la tiranía que ejerció en Europa durante años había difuminado: el virtuosismo, la clase, el talento que tenía cuando el balón llegaba a sus pies. Se le recordaba por fundar la leyenda del Madrid, y era tan grande ese recuerdo, y tan épica su misión, que ocultaba lo que siempre había sido Alfredo Di Stéfano: belleza en el campo, majestuosidad fuera de tiempo.

El hombre que más se pareció a la Saeta, en El Mundo


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Escrito el 26.06.14 a las 13:53

Costa Rica se sube a la ola

El sol aplastaba Pernambuco, con caravanas de veinte kilómetros para llegar al estadio, cuando Joel Campbell se fue disparado a la portería de Italia. Le asediaban restos de catenaccio, la dinastía exiliada de los azzurri. Al fondo esperaba Buffon, que estaba recibiendo por todos los lados. Campbell se paró un segundo a coger aire y enfiló a Barzagli y Chiellini. Al primero se lo llevó por dentro enseñándole el balón y embistiendo en el espacio al que llegó tarde el segundo, que lo arrolló como tren. Los italianos agitaron las manos diciendo “no, no, no” y el ábitro continuó brincando como si nada. Los ticos volvieron espantados a su campo.

Costa Rica se sube a la ola, en El Mundo


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Escrito el 25.06.14 a las 15:11

El enamorado de Sofía Albi

Luis Suárez murió para el fútbol dos veces. Una tras la separación de sus padres, cuando se quedaron solos seis niños, una madre y una abuela; él se puso de barrendero por las calles de Montevideo para echar una mano. La siguiente cuando su novia se fue a vivir con su familia a Barcelona. Desconectó en ambas ocasiones, se dedicó a beber y a pasar el tiempo en casa de amigos, sin pensar más allá. La chica lo empujó a luchar. Le enviaba mails en los que pedía que no dejase el Liceo, que estudiase para comprar un pasaje de avión y poder verse.

El enamorado de Sofía Albi, en El Mundo


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Escrito el 23.06.14 a las 4:19

Llegan los cronistas al estadio

Para los que no pueden jugar esta Copa, la FIFA ha organizado otra prueba mundial, que consiste en ver no quiénes llegan los primeros al estadio, sino quiénes llegan. Para los periodistas que no estamos en ninguna concentración y deambulamos por los aeropuertos, la competición degenera en una especie de Humor Amarillo en la que me toca, por predisposición natural, el papel de chino Cudeiro. En el partido inaugural terminé dando vueltas por la favela contigua, Copa do Povo, sin saber cómo salir mientras los chavales me ofrecían pinturas verdes y amarillas con las que ayudarles a pintar carreteras y postes de luz eléctrica. Para ese Brasil-Croacia intenté ir dos veces en taxi, otras dos en metro y acabé andando 10 kilómetros; cuando digo intenté quiero decir que llegué a estar subido y en marcha. No abundaré en detalles porque, como dicen los viejos de mi pueblo, aún estoy en edad de casar.

Llegan los cronistas al estadio, en El Mundo


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Escrito el 22.06.14 a las 12:01

La espalda de Maracaná

La noche del domingo 26 de abril Arlinda Bezerra das Chalgas, de 72 años, volvía a casa con su nieto de 10. Escuchó disparos, algo habitual en el complejo de Alemão. Se puso delante del crío para protegerlo y terminó tiroteada en las tripas, muerta. Un mes después, en una manifestación por la liberación de Romarinho, mano derecha del traficante Eduardo Ferreira, murió el mototaxista de 20 años Caio Moraes da Silva, padre de dos hijos, también en Alemão. “Los agentes tiraron a matar”, dijo un testigo. Este año han muerto cuatro policías de la unidad de pacificación tras ataques de bandidos, como se llama a los narcos.

La espalda de Maracaná, en El Mundo


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