Escrito el 17.09.14 a las 12:42

Al salir de Boyhood

“Yo quiero hacer fotografías, crear arte”, dice el quinceañero Mason (Ellar Coltrane). «No es lo mismo», le contestan. En El arte como experiencia John Dewey aborda la relación del arte con la naturaleza, su finalidad obsesiva. “Cuando un relámpago ilumina el paisaje oscuro hay un momentáneo reconocimiento de los objetos, pero el reconocimiento no es un mero punto en el tiempo, sino que es la culminación de un largo y lento proceso de maduración; es la manifestación de la continuidad de una experiencia, temporalmente ordenada, en un repentino y limitado instante de clímax”.

Al salir de Boyhood, en El Mundo


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Escrito el 15.09.14 a las 11:26

Un tenista personal

Qué harías, pequeña criatura de nueve años, si tu padre -que rectifica la máquina lanzapelotas para obligarte a devolver con la raqueta un milllón de bolas al año a 180 kilómetros por hora, viaja con un hacha en el coche y considera tu colegio una pérdida de tiempo- te obliga a ser el número uno de la ATP? ¿Un padre que, cuando su recién presentado consuegro coge la raqueta y le dice a André que éste, el revés cortado de su famosa hija, Steffi Graf, era el único golpe que le faltaba, reacciona diciendo que ese golpe es una mierda y terminan los dos viejos peleándose en medio de la pista? Probablemente sólo hay una opción en esa casa de Las Vegas: convertirse en André Agassi. Asumir la programación que han hecho de ti desde que naciste mientras expresas lo contrario por fuera, en un desmentido continuo que tuvo su más clamoroso grito en la final a la que salió con uñas y ojos pintados, cresta rosa, pendientes, camiseta fluorescente y shorts vaqueros. Ahí estaba el producto de Emmanuel Aghassian, armenio reciclado iraní, instalado en los Estados Unidos de América. Definitivamente un hombre con problemas; cuando su hijo ganó el Open USA llamó a su padre y lo primero que escuchó fue: «No debiste de haber perdido el cuarto set»; el hombre no siguió hablando porque le pudo la emoción y se desplomó llorando, tan terriblemente orgulloso de su hijo como incapaz de comunicárselo. Al conspicuo Nick Bollettieri le dijeron un día que ese chico que entrenaba iba a ser un verdadero campeón, pero debería cortarse el pelo. Bollettieri matizó: «Entonces sería cinco millones de dólares menos rico». De Open, las memorias sinceras de André Agassi (hay que usar sinceras detrás de memorias de leyendas del deporte, pues están mal vistas en el sector; ya se han apresurado otros a criticar a Agassi en plan «no te hagas esto») se ha destacado el asunto capilar, que en Agassi era cuestión de Estado porque sobre la melena cimentó su propaganda (aquel anuncio suyo con Canon, tan impactante: «La imagen lo es todo», ya con peluca). También la relación con su padre, decisiva en su carrera irregular, sometida a estrictas obsesiones y complejos, producto de una educación maltrecha. Dos asuntos capitales, sin duda, mucho más que el asedio a Stefanie Graf, otra víctima de padre grotesco al que acabó despidiendo en vida en el hospital después de varios años sin hablarse. Hay sin embargo un nudo complejísimo en el libro, psicológicamente fascinante, que consiste en su relación con el tenis, ésa que Gil Reyes arregló a medias sacudiéndole a Agassi una presión casi atmosférica: «No tienes por qué ser el mejor tenista del mundo cada vez que sales a la pista. Te basta con ser mejor que ese tío en concreto». Se demuestra que una pasión inoculada artificialmente deviene en vicio aniquilador, mucho más poderoso que una droga. Hay que estar atento a lo que dice Agassi sobre su consumo de cristal: lo hacía porque le gustaba perjudicarse. Odiaba el tenis porque fue una exigencia militar que le convirtió en dos productos, el de su padre y el de Bollettieri, y pese a todo se torturó hasta ser el número uno de un deporte impuesto. Hay en ese hecho poético una verdad de anuncio de Canon: ser el mejor del mundo en lo que más odias. Una cuestión de imagen. Y de personalidad.

El Mundo, 15-09-2014


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Escrito el 12.09.14 a las 10:35

2006

Aquel año vivíamos en un edificio antiguo y lleno de polvo, en medio de una plaza grande y vieja y soleada. Teníamos enfrente una casona derruida llena de pinos y castaños de indias que sobresalían por encima del muro, y más allá, detrás del palacete, había un jardín verdísimo y malva de buganvillas, rododendros y azaleas. Si subíamos al tejado veíamos a lo lejos los lomos de la montañas al otro lado del río, y el humo de los incendios de aquel verano como chimeneas de fábrica instaladas en lo verde del monte, ahumando el cielo y cubriéndolo todo de polvo. De mañana cruzaba la plaza una excursión de niños de campamento urbano y los veíamos pasar con sus viseras rojas, sus polos blancos y un griterío como el de los estorninos que venían desde el sur a posarse en los enormes árboles de la casona.

2006 (continuará), en Chopsuey


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Escrito el 10.09.14 a las 16:46

No la saquéis fumando

Ana Botella tenía una virtud que podía haberla convertido en un animal político en España: nunca tuvo nada que decir. «Primero han lanzado a la dama a los suburbios, como lady por rastrojo, y ahora resulta que no tiene mensaje», le dijo Umbral, que la llamaba magnetofón sin cinta. Empezaban los 90, el PP la incluía en las previsiones como Ana Botella de Aznar y ella iba a un sotano medio derruido de Hortaleza en el que una señora de puntillas preguntaba a otra: «¿Está leyendo o hablando?». La seguía Lucía Méndez, que recuerda cómo en Mallorca, entre pitillo y pitillo («no la saquéis fumando que se enfada Jose»), se dio un baño de masas de mujeres de alta alcurnia con Cañellas susurrando mientras Ana saludaba a todas: «Mejor quítate los anillos».

No la saquéis fumando, en El Mundo


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Escrito el 3.09.14 a las 20:25

He vuelto, dice el asesino

La última imagen del vídeo del asesinato de James Foley era la de Steven Joel Sotloff, otro periodista americano secuestrado. «He vuelto», dice el verdugo en un nuevo vídeo, éste del asesinato de Steven Joel Sotloff. En él se anuncia otro crimen: el asesinato de David Cawthorne Haine, periodista británico. Es sabido que estos asesinatos se producen por decapitación.

He vuelto, dice el asesino, en El Mundo


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Escrito el 2.09.14 a las 13:16

Felices hasta que la mató

En los últimos crímenes violentos de mujeres a manos de sus maridos se ha repetido el patrón vecinal conocido en parejas del Estado del Bienestar: «Se les veía muy bien juntos» y «él era una buena persona» por citar, a estas horas, los dos últimos asesinatos. Es un lugar común, aunque no tanto como el del crimen: el gran lugar común de este verano es la muerte de una mujer a manos de un hombre, lo cual tiene su irreverencia teniendo en cuenta el esfuerzo de los periódicos en refrescar a su audiencia con cubos de agua helada. Ya se está tardando, de hecho, en desplazar el crimen a una columna, como se hace con lo que deja de ser noticia; lo que poco a poco, dicho en el argot, pierde actualidad. Porque el lugar común no es de este verano, ni siquiera de esta civilización.

Felices hasta que la mató, en El Mundo


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Escrito el 1.09.14 a las 16:16

Sabino Torres

En los 40 creó sin permisos un hito de la edición: colección Benito Soto, poemas de posguerra en gallego y con el nombre del más cruel pirata español, nacido en A Moureira. Protestó el franquismo: ¿qué clase de homenaje era ése? Sabino Torres, poeta y editor, fue al despacho del gobernador: «Benito Soto mataba hombres. Pero también era poeta, una especie de Lord Byron y Federico Barbarrubia».

Sabino Torres, en El Mundo


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Escrito el 30.08.14 a las 11:51

Un manzano en flor

-Viene ahora de la aldea.

-De Ratel, donde nace el río Verdugo. Allí me escapo siempre que puedo. Tengo mi huerto: mis lechugas, mis rábanos, mis patatas. ¿Quieres ver una foto? Ésta es la casa, en forma de L. Y éste el manzano en flor.

Un manzano en flor, en El Mundo


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Escrito el 13.08.14 a las 12:53

El niño que se ahogó

A Ignacio Hurban le preguntaron cómo prefería que le llamasen y él contestó «Ignacio». ¿Podría haber contestado otra cosa? Desde luego, porque él no es Ignacio Hurban: él es Guido Montoya Carlotto, nieto de Estela de Carlotto e hijo de Laura Carlotto, secuestrada por la dictadura militar argentina. Sus asesinos esperaron a que Laura terminase su embarazo. Al bebé, que iba a ser Guido, lo entregaron a una pareja; a ella la mataron a tiros por la espalda.

El niño que se ahogó, en El Mundo


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Escrito el 1.08.14 a las 11:23

La línea amarilla

El primero que me hizo reparar en ella fue Hughes en Maracaná. Íbamos atravesando vestíbulos y pasillos, saludando al personal, y me parecía a mí que iba muy seguro de sí mismo cuando se paró en seco y dijo: «Me encanta la línea amarilla». Yo la había visto en Sao Paulo y pensé que era una pegatina de edificio a medio terminar que algún maleante dejó sin recoger.

-¿Qué es la línea amarilla?

-La que tenemos que seguir los periodistas.

Efectivamente, la FIFA había pintado en el suelo una línea amarilla perfecta, rectísima, que iba marcando el sendero a la prensa para que supiese dónde están las cosas. Recorría todo el estadio y señalaba la ruta como las lucecitas azules que colocó el alcalde de Pontevedra para que no se pierdan los peregrinos del Camino, porque para llegar a Dios sale una estrella, pero del apóstol si no se encarga mi alcalde la mitad acaba en Casa Otilio.

Me pareció una gran idea esa línea. Pero entonces me asomé y vi a los aficionados, los voluntarios, los funcionarios y los vips caminando por ahí sin raya. Empecé a sofocarme.

-¿Y ellos cómo van? -pregunté.

-Ah, no sé.

-¿No tienen líneas para saber cómo llegar a los sitios?

-No, no, sólo hay línea amarilla. La nuestra.

-Pero hombre, que esto no es una línea amarilla. Esto es un carril para imbéciles.

Levanté la vista -porque fue saber que había una raya en el suelo y empezar a caminar mirándola- y así era: íbamos todos en fila india, con un pie a un lado y otro de la pintura, como en una cinta de aeropuerto. Imposible no reconocernos. La FIFA estaba convencida, y nosotros también, de que si la línea amarilla nos sacaba de Río de Janeiro y nos llevaba a los acantilados de Beberibe, saltaríamos al vacío. Dejarnos en nuestros asientos era la forma maquiavélica de Blatter de perdonarnos la vida.

Yo de repente veía a niños de seis años manejándose solos por el estadio, sin una mascota gigante que les indicase, sin una línea de colores que les dijese algo.

-¿Ésos que siguen una raya qué son, papá?

-Periodistas, no mires.

La idiotización empieza así: le das a alguien un instrumento que no necesita y a la media hora ya no entiende la vida sin él. Tanto es así que a mí me llegó a costar, francamente, volver a Madrid sin un funcionario con una brocha delante.

Si la línea fue una sobreactuación de la FIFA no lo sé. Lo que no se le pudo negar a la organización fue ánimo de ayudar. Un ejército de voluntarios se dispuso en Brasil con disciplina. Algunos me contaron que estaban allí tras dejarse sus ahorros, por la experiencia de conocer la Copa del Mundo desde dentro y ver los partidos; otros, porque querían ser futuros técnicos, seducidos por la leyenda del Pep recogepelotas. Germán Aranda, que nunca sé en qué se está fijando cuando conoce a alguien, dio con un travestí que se prostituía en Copacabana y que aprovechó el Mundial para meterse de voluntaria. Si algo aprendí del Mundial es que hay más épica fuera del campo que dentro.

Los voluntarios sorprendían a la llegada al estadio subidos a sillas de juez de pista, a veces para animar y otras para reclamar, a gritos, «tickets en la mano». Antes, durante y después del jogo los voluntarios reparten fichas con las alineaciones, los clubes a los que pertenecen los jugadores, el nombre del árbitro y, sobre todo, el estadio en el que estamos. Esto fue importantísimo para los articulistas itinerantes porque al final uno ya estaba por poner La Condomina por defecto sólo por ver a un guay llevándose las manos a la cabeza en plan «éste es el nivel, éste es el nivel».

Gracias a las fichas se producen muchos de los comentarios del tipo: «Este mediocentro nacido en el 86 ya dejó su impronta la temporada pasada en el Glasgow Rangers (…) Creció de forma salvaje en las calles de Edimburgo». Si uno se pone eufórico puede añadir que es unionista y protestante, pero eso ya no es responsabilidad de la FIFA. En realidad solo unos pocos, la élite, sabemos que es mediocentro porque el gráfico de la ficha lo sitúa allí; de hecho sabemos que existe porque su nombre está en el papel. Si el voluntario hubiera escrito el nombre de Jesús Cintora en el mediocampo yo le hubiera dado la titularidad sin dudarlo y, de haber percibido algún talento en el jugador en su posición, lo mismo podía dedicarle un post.

La línea amarilla que trepaba del suelo a la tribuna y se extendía por las crónicas me recordó a mis primeros tiempos de periodista, cuando me puse de corresponsal del pueblo de la noche a la mañana. Tenía dos misiones delicadas: sentarme delante del despacho del alcalde y sentarme delante del fax. El fax lo teníamos en el hotel de mi familia, y yo había dado su número al Diario de Pontevedra para que lo publicase con el aviso: «Nuevo corresponsal. Envíe aquí las noticias». A las dos semanas entró el primer fax: la reserva de un fin de semana de una pareja asturiana. Fue tal la desesperación que estuve a punto de publicar en el periódico sus intenciones sospechosas.

Los siguientes días la cosa empezó a funcionar. Primero gracias al PP, que enviaba notas con cualquier baldosín suelto en la calle (el PP estaba en la oposición, pero el desgaste lo aplicó a mi hotel, que redujo el negocio ese verano porque no llegaban las confirmaciones de las agencias. Y de qué manera iban a llegar, si mandaban tantas notas de prensa que mi abuelo pensaba que por nuestro fax se publicaba el BOE).

Cuando el periódico empezó a reclamar noticias vecinales, y como quiera que yo aún no sabía ni llamar a una puerta, una mañana salió del fax una nota misteriosa, manuscrita, de letra trepidante. «Esto es urgente», pensé activándome sin remedio, buscando con la mirada una bolsa de explorador que me habían comprado mis padres (nadie en casa sabía muy bien en qué consistía mi nuevo trabajo).

La nota resultó ser del que se convertiría en mi mejor compañero de viaje de aquellos años: Antonio Cacabelos, presidente de la Asociación de Vecinos de Dorrón. La primera vez que llegó un comunicado suyo pensé que estaba secuestrado; se trataba de una letra inconfundible, alterada, de hombre en pánico. Enterado del nuevo corresponsal, había comenzado a enviar una media de dos comunicados diarios. La mayoría denunciaba destrozos de jabalíes en las cosechas (debí de recibir de Cacabelos 700 notas de jabalíes; cuando lo conocí personalmente exclamó: «¡Por fin, Jabalí!», y yo pensé que se había vuelto loco pero no, había dicho «Jabois»).

Durante meses, mientras aprendía el oficio, sobreviví en el periódico gracias a los ataques nocturnos de los jabalíes y aquellos comunicados terribles de la Asociación de Vecinos de Dorrón en los que se reclamaban soluciones a la desesperada, como electrificar el campo. Encerrado en la recepción del hotel, mientras recibía un fax detrás de otro, yo me imaginaba Dorrón como una especie de Macondo, un lugar extraordinario alcanzado por una plaga de cien años. Daba cuenta de aquello en asépticas notas que el periódico me publicaba en media columna; ahora reunidas una detrás de otra dan como consecuencia una imparable invasión extraterrestre.

Cacabelos, que dedicaba a sus vecinos más tiempo del que cualquier concejal, sin sueldo y sólo armado de un vetusto fax y un corresponsal voluntarioso, fue mi particular línea amarilla. No podría contar las páginas que salvé gracias a él, y las carreras que echaba, en la hora de cierre, cuando sonaba el pitido del fax. Lo recordé mucho en Brasil por la tentación de coger todo aquel trabajo hecho por la FIFA, solícita al máximo, y volcarlo tal cual en las crónicas. «A veces esto parece un todo a cien», me dijo sarcásticamente un colega señalando una larga mesa en la que se repartían muchas tías buenas y gentes del espectáculo. Cuando entraron al galope los ultras chilenos arrasando con la sala de prensa pensé, sentimentalmente, que los jabalíes me habían perseguido hasta allí.

La única ocasión en que no se dio ficha fue en la ceremonia de inauguración. Ese día publiqué que había cantado Pitingo y al parecer fue Pitbull. Yo no había visto nunca en mi vida a ninguno de los dos, no digo ya escucharlos, y tras el despiste fui a enterarme. He vuelto a confundirlos, esta vez adrede en alguna cena de alto copete, y todo el mundo me miró con respeto, como si yo sólo escuchase a Bach.

No sé si porque en los gráficos los jugadores aparecían como puntos en blanco y negro, y en el partido entre Francia y Suiza los franceses eran los puntos oscuros, puse en mi crónica que Cabayé era un negro formidable de la vieja escuela, derrochador e imponente; al día siguiente comprobé que era más blanco que Stalin. A mí me salvó que perdiese España, porque de otra manera no hubiera podido justificar mi vuelta precipitada de Brasil. Nada grave teniendo en cuenta que en el primer partido, sin conocer aún la línea amarilla, empecé a bajar escaleras sin control, con la mochila a los hombros, y cuando quise darme cuenta estaba abriendo una puerta de la que salió un señor a los gritos que si no era el árbitro, bien merecía serlo.

Crónica, El Mundo, 13-07-2014


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