Escrito el 20.10.14 a las 12:50

Donde Pablo perdió el apellido

Manuela Alba llegó a las seis de la mañana del sábado con el Círculo de Esparreguera y agota las últimas horas en Madrid. Ella fue la que abrió el Círculo allí «cuando Pablo y Juan Carlos Monedero llamaron a la organización del pueblo», entiéndase pueblo con mayúscula. Un 24 de enero, lo recuerda bien. Defiende el derecho de la autodeterminación de Cataluña, pero ella no es independentista. «Catalana hija de andaluces, ciudadana del mundo», dice. «Estamos preparados para ganar: vamos a darle la vuelta al país. Cuando las instituciones están fuera de la ley hay que acabar con el régimen». Conoce a Pablo: «Llevo años escuchándolo a él y a Juan Carlos Monedero».

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Escrito el 19.10.14 a las 7:40

El mate de Pablo

Dice Pablo que cuando montó Podemos le preguntaron por qué y él contestó que sabían cómo ganar, y «se rieron del coletas»: «Ahora están más preocupados». Dice Pablo que se puso su cara en la papeleta, «y a mí no me gustó», pero gracias a eso «no tuvimos un eurodiputado, sino cinco», y se preocuparon. Dice Pablo que tras obtener más de un millón de votos todos estaban esperando a que abriesen «el champán o la sidra», pero avisó Pablo entonces y avisa ahora: «No tenemos nada que celebrar porque estamos aquí para ganar». Y se preocuparon aún más. ¿Quiénes? Podemos, el mayor fenómeno político desde la irrupción del PSOE de González, se ha construido ideológicamente contra la tercera persona del plural. Es una fuerza de reacción que parasita la decadencia moral de sus contrarios para alimentarse de ella como la mantis que devora lo que pretende; Podemos no tiene pasado, y su resistencia a participar en las municipales muestra su intención de ir hacia delante sin dejar nada atrás, escribirse en tinta china. Cuando Pablo vuelve a Marx para decir que el cielo se toma por asalto habla de La Moncloa, no de Móstoles. Pudo haber usado un verso de Sabina: «Al cielo no se va en limusina», pero Sabina se ha metido él sólo en la tercera persona del plural.

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Escrito el 19.10.14 a las 7:38

Nunca una camisa arrugada

El Sandor fue una famosa terraza de Barcelona en la que se depositaba la alta burguesía en la dictadura. No cerró hace mucho (ha vuelto a abrir con otro nombre y, sospecho, otra época) y en ella había limpiabotas y decía el reportero Espada, hace 15 años, que su crujido, el de la columna vertebral del limpiabotas y el del billete nuevo apretado en la mano, era todo lo que quedaba del franquismo en la ciudad. El Sandor tenía un objetivo esencial, conocido en provincias: dejarse ver. Al Sandor iba uno a existir, y si era posible a crecer de algún modo. Desde los 16 años hasta los 20, o sea en una legislatura, Francisco Nicolás se hizo un nombre. Tan presente en el Sandor moral español que sorprende ver fotos emblemáticas del siglo XX y no encontrarlo a él como Forrest Gump. Su absolución debe ser la prioridad del sistema judicial español, por encima de la de sus discípulos. Hay que alegar juventud, desde luego, pero también un aprovechamiento de los recursos sociales que propicia este país y cualquiera. Nicolás invirtió en el espejo, el rumor y la apariencia, y si le hubiesen dejado tres años más terminaría casado con la hija de un presidente o bien organizándole las campañas. Aquello de los primeros tiempos de Correa, el Correa begins. “Empezó a meterse en los círculos del PP sin que nadie supiese quién era, pero llevaba los trajes y los relojes más caros, y se hizo tan simpático que pronto hablaba con los más importantes. Al poco tiempo nadie le conocía ni sabía a qué se dedicaba, pero era el tipo al que todo el mundo se la chupaba”. Está comprobado que, si eres lo suficientemente gilipollas, puedes estar chupándosela 20 años un fantasma, y cuando vayas a reclamar ese favor tan grande que esconde te encuentres abrazado a ti mismo, pues se habrá evaporado. El Nicolás que se fabricó a sí mismo sólo existió a ojos de los demás, los que quisieron creer en él. Es todo un acontecimiento de la política española y bien haría el Gobierno en utilizarlo como Estados Unidos a Frank Abagnale Jr, el Di Caprio de Atrápame si puedes. También trabajaría contra el fraude, en este caso el fraude del poder: los que aparecen descolgando el teléfono al grito de “¡ministro!” cuando en realidad es el casero. Esa vida alquilada aspira a ser real por usufructo, y se consigue casi siempre. El niño no se estaba fotografiando; fotografiaba a los que le iban a comprar la foto.

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Escrito el 17.10.14 a las 15:43

Tenían un sueldo millonario y pírrico

Al álbum privado de Blesa con la escopeta firme, en delegación del falo, y un animal abatido, le falta el cierre de la cacería redonda, que es posar en medio de los preferentistas con sonrisa de ciudad jardín, como en la foto del hipopótamo y los negros, donde la vida parece no acabarse nunca. Blesa conoce el mundo que se desbloquea con pin, producto de las amistades y el cariño de los propios en la España de grifería y asalto, donde fue posible robar y ser robado al amparo histérico de la ley. Blesa ha pasado noches en ese estado de duermevela en el que se ilumina el cuarto cuando se recibe un whatsapp, y si amanecía era porque al cielo había llegado una perdida. A Blesa le ha faltado al lado un escritorcillo como el de Sin Perdón para ahorrarse los correos.

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Escrito el 15.10.14 a las 16:08

Pisar la raya

Estar nocaut, le dice Floyd Patterson a Gay Talese después de ser tumbado por Sonny Liston, no es una sensación desagradable, ni mucho menos, sino todo lo contrario. Una evidencia científica: Artur Mas. Dijo ayer: «Habrá urnas, habrá colegios, habrá papeletas y habrá voluntarios». Después añadió que lo que no habría, pero era un detalle menor, es consulta.

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Escrito el 10.10.14 a las 4:47

Una vida resuelta

Hay una delación en esta frase del consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid: «Si tuviera que dimitir, dimitiría. Yo soy médico, tengo la vida resuelta». No tiene que ver con la prepotencia de la fórmula ni con el delicado «a mi plin, soy Ordóñez Dominguín» que sale de ese «yo soy médico». Es una delación sintomática, por decirlo en su lenguaje, que además procede del subconsciente y revela una miseria común de la política española. Basta enfrentarla a esta otra frase: «Si tuviera que dimitir, dimitiría. Puedo servir a los ciudadanos de otra manera». O incluso a ésta: «Si tuviera que dimitir, dimitiría. Pero me fastidiaría porque tengo la vida resuelta».

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Escrito el 7.10.14 a las 18:48

Los que se quedan

Ciertamente, tenía que repetirlo, no había que imitar a los cristianos de Abisinia, de los cuales ya había hablado. Tampoco había que imitar a los apestados de Persia, que lanzaban sus harapos sobre los equipos sanitarios cristianos invocando al cielo a voces para que diese la peste a los infieles, que querían combatir el mal enviado por Dios. Pero tampoco, ni mucho menos, había que imitar a los monjes de El Cairo que en las epidemias del siglo pasado daban la comunión cogiendo la hostia con pinzas para evitar el contacto de aquellas bocas húmedas y calientes donde la infección podía estar dormida. Los pestíferos persas y los monjes pecaban igualmente; pues para los primeros el sufrimiento de un niño no contaba y para los segundos, por el contrario, el miedo al dolor, harto humano, lo había invadido todo (…) Pero había otros ejemplos que Paneloux quería recordar. Según el cronista de la gran peste de Marsella, de los ochenta y un religiosos del convento de la Merced sólo cuatro sobrevivieron a la fiebre, y de esos cuatro tres huyeron. Esto es lo que dijeron los cronistas y su oficio no les obligaba a decir más. Pero al leer estas crónicas, todo el pensamiento del Padre Paneloux iba hacia aquel que había quedado solo, a pesar de los setenta y siete muertos y, sobre todo, a pesar del ejemplo de sus tres hermanos. Y el Padre, pegando con un puño en el borde del púlpito, gritó: “¡Hermanos míos, hay que ser ése que se queda!”.

Camus, La peste


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Escrito el 5.10.14 a las 10:56

La gran parranda

De Sofía Loren dijo que tenía ojos de ternera feliz y huesos magistrales, y de un escritor escribió: “Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón”. Cuando el periodista Julio Villanueva terminó de leer este párrafo hubo un “ooooh” en el auditorio de Plaza Mayor de Medellín, escenario de los premios García Márquez. Yo nunca había escuchado un “ooooh” del público al terminar de leerle algo, salvo que fuese una noticia. Pero aquello no era una noticia sino lo que había dicho un muerto de otro, y se admiraba con el grito la repentina explosión de literatura, la percepción extraña que Gabriel García Márquez tenía sobre las cosas, incluidas las que eran tan grandes como él, como Julio Cortázar.

La gran parranda, en El Mundo


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Escrito el 29.09.14 a las 2:11

Las edades de Karim

A lo largo de la historia el Madrid ha somatizado discursos graves, tan poco contemporáneos y dispersos que, transplantados al césped, siempre terminan en la misma crónica: jugar a nada, pegada y victoria. Desde la Quinta no ha habido un verano en el que no se haya dicho, del próximo entrenador, que devolverá el toque. En esa búsqueda del toque alguien mira el palmarés, ve que no se ha ganado nada en los últimos años, manda llamar a Capello, y a la temporada siguiente se sigue buscando la excelencia. La excelencia son todas esas películas trascendentes que piensa hacer James Cameron cuando acabe de rodar lo que le hace rico.

Las edades de Karim, en El Mundo


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Escrito el 25.09.14 a las 13:28

El final del verano

«Yo no sé dónde estaré mañana», dijo en su última intervención en el Congreso Alberto Ruiz-Gallardón. Entre líneas masculló lo de De Niro en Casino: «Hay tres maneras de hacer las cosas: la correcta, la incorrecta y la mía». Y de la canción elegíaca con que obsequió a aquella diputada socialista Montón, a la que le ha tocado en gloria ser recordada como la última persona que lo vio con vida política (el tipo fúnebre con el que María Antonieta tropieza yendo al cadalso y al que dice sus últimas palabras: «Pardon, monsieur»), sobrevive esta frase de Ethan Hawke en Gattaca, una película en la que los críos son concebidos por fecundación in vitro y mediante selección genética: «Sólo recuerda que fui tan bueno como cualquiera, y mejor que la mayoría».

El final del verano, en El Mundo


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