Escrito el 6.07.15 a las 16:16

La orilla

A las pocas páginas de Años luz James Salter tira encima del lector a Nedra Berland. Es, dice, una mujer “que lo hace todo; no hace nada”. “Lo que le preocupa de verdad es lo esencial de la vida: la comida, la ropa de cama, las prendas de vestir. Todo lo demás no significa nada; se arregla sobre la marcha. Tiene una boca grande, la boca de una actriz, emocionante, intensa. (…) Tiene veintiocho años. Sus sueños, que todavía perduran en ella, la adornan; es confiada, serena, está emparentada con criaturas de cuello largo, con rumiantes, santos abandonados”. Nick Paumgarten, en un artículo en The New Yorker que ha traducido FronteraD, cuenta cómo los Rosenthal, el matrimonio amigo de los Salter, empezaron a leer el libro y se dieron de bruces con su hogar, sus conversaciones, sus infidelidades, innumerables detalles que el escritor había llevado en la ficción un poco más allá que en la realidad: el matrimonio de la novela naufraga; tras la publicación del libro lo haría el de los Rosenthal. También el de los Salter, algo que sirvió de consuelo a sus vecinos: quizás el escritor había mezclado las historias de las dos parejas, incluidas sus propios amantes.

La orilla, en El País


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Escrito el 1.07.15 a las 16:30

Entrevistas digitales

17 de junio, 2015

24 de junio

1 de julio

Todos los miércoles en El País.


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Escrito el 1.07.15 a las 16:25

El mal Dios

Tras los atentados asistiremos hoy, entre otros espectáculos, a uno particularmente tóxico: el de ensalzar a las religiones, o sea el de alabar a Dios, para que entre las víctimas no haya daños colaterales en la comunidad islámica. Es una acción rutinaria que suele tener éxito. “Los violentos no son verdaderos gallegos”, decía Quintana, como si hubiese una raza superior que solo praticase amor. “No son vascos, son hijos de puta”, se cantaba para desligar a los etarras de lo que les llevaba a asesinar, que era el País Vasco. O “esto nada tiene que ver con el fútbol” porque aficionados de dos clubes de fútbol aprovechen un partido para apalizarse.

El mal Dios, en El País


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Escrito el 24.06.15 a las 10:24

San Xoán

Hace un par de semanas cenamos en Madrid el marqués y yo. El marqués lo es de verdad, o sea que no tiene título. Es cínico y descreído, pero también brillante, por lo que duró poco en política. He conocido pocos sibaritas con más gusto. Esta vez el vino lo deja nostálgico y empieza a hablar de su barrio mientras señala desde la mesa del fondo lugares más allá de la puerta. Estamos en La Tasquita y el marqués nació en los años cincuenta a pocos metros, en Estrella. Enumera las calles, los negocios de entonces, su abuelo y bisabuelo, y la iglesia en que fueron bautizados todos. Hay un momento en que se le quiebra la voz. “Este barrio”, me dice muy serio, “es el coño de mi madre”.

San Xoán, en El País


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Escrito el 23.06.15 a las 9:39

Perfume

Cuando Grenouille, el protagonista de El perfume de Süskind, crea un “un aroma de ángel, tan indescriptiblemente bueno y pletórico de vigor que quien lo oliera quedaría hechizado y no tendría más remedio que amar a la persona que lo llevara”, lo que pretendía era transformar la vida de los hombres a través de la cosmética. Se anticipaba a la televisión, que es el lugar en el que los que líderes atraen para sí el amor de la audiencia, y en su trabajo había un ejercicio de superación política que define estos tiempos: seducir a través del olor, de Pablo Casado, de la bicicleta, del metro.

Perfume, en El País


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Escrito el 21.06.15 a las 15:42

Tot el camp

Ayer, mientras pasábamos por delante del Santiago Bernabéu, un amigo recordó una de las mejores experiencias de su vida. Me dijo que de joven había vivido cerca de allí, en Padre Damián, gracias a su primer sueldo. Hacía el amor con las ventanas abiertas en hora de partido, cuando el fútbol era a las cinco.

Tot el camp, en El País


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Escrito el 20.06.15 a las 17:00

El PP pierde el verano

Cuando se abren las puertas del salón de plenos se produce una avalancha como de rebajas Harrods. Ya dentro, los vecinos, agolpados los unos contra los otros, apelmazados contra las paredes del salón de plenos, se abren al grito de “¡Ya salen!”. Por un pasillo humano van saliendo los concejales como si se tratase de un espectáculo de lucha libre: les saludan, les aclaman, a uno le revuelven el pelo. Un edil, transido, ensaya incluso una carrerita hacia su asiento. Cuando todo el mundo está en su sitio, una mujer entre el público, con rostro de malas pulgas, toma la palabra: “¡El que hable se va para fuera!”. El secretario pega un respingo. Una voz responde: “¡Ti a primeira!”. La mujer, con un lejano parecido a Brienne, de Juego de Tronos, hace que no escucha y se pone a dar carantoñas a su hija.

El PP pierde el verano, en El País


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Escrito el 19.06.15 a las 12:31

Salir con las manos en alto

Hace meses me contaron el chiste más racista del mundo, un chiste con esa traza inhumana que obliga a compartirlo con un círculo muy reducido de amigos para que todos podamos llevarnos las manos a la cabeza con normalidad democrática. Eso hice cuando me lo contaron: enviarlo por WhatsApp. Si no lo publico es por dos razones: ni su inclusión en el contexto hubiera eliminado el daño que pueda hacer, como dijo el concejal Guillermo Zapata, y porque quiero comprobar cuánta gente me lo reclama hoy. El chiste tiene una particularidad: no convierte en mejores personas a quienes no les haya hecho gracia que a quienes sí. Incluso se le podría escapar una carcajada a un activista contra el racismo; si hay algo útil contra los totalitarismos, incluso del sentimiento, es el humor. Tan descarnado que te sorprendes riéndote de tu padre el día de su funeral, o algo aún mejor: del padre de tu amigo. Lo que levantaría sospecha es que el chiste sea siempre en los funerales de los padres de gente que no te cae bien.

Salir con las manos en alto, en El País


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Escrito el 6.06.15 a las 12:24

Ajá

Juan Soto Ivars acaba su última columna en El Confidencial, Quién soporta que los viejos vivan en la calle, haciendo una constatación: cuando una mendiga de Barcelona hace tertulia con las vecinas no recibe atención de los transeúntes. Al principio me dio por escribirle a Juan que cuando vemos a un grupo de ancianas en la calle no nos metemos en medio preguntando quién es la pobre, pero bien es verdad que entre las desgracias de ser mendigo está la de vivir con un cartel delante.

Ajá, en El País


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Escrito el 5.06.15 a las 0:15

Plácido

La reunión entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se celebró en territorio neutral: una buena sede hubiera sido la casa de Zapatero aun a costa de los recelos de Sánchez. Estuvieron los dos solos y pidieron platos muy frugales y una ensalada para compartir. Hubo un esfuerzo natural de ambos en parecer tan austeros que casi desemboca en codazos para irse a la cocina al acabar de cenar. Iglesias pidió de segundo un pescado y Sánchez, tras descubrir Podemos sus cartas, reclamó una tortilla francesa. Se supone cierta tensión para ver quién tiraba más bajo. Como Iglesias ha exigido para su apoyo que los alcaldes se bajen el sueldo, Sánchez se ofreció a hacer la tortilla él mismo, algo que obligó al jefe de Podemos a regalar los zapatos al primero que pasó, que resultó ser un magnate ruso. Con el sobrante de pelo en la nuca Sánchez se había hecho un chicho minúsculo, con lo cual Iglesias, harto, le preguntó si venía a pactar o a torear.

Plácido, en El País


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